Qué pasa cuando una adicta a la distracción deja las redes sociales

Andrea Vásquez R.
Nov 5 · 5 min read

En este, mi último año antes de llegar a los 40, me propuse hacer una actividad por mes que me hiciera ganar nuevas habilidades y me pusiera muy incómoda. El primer mes dejé _cold turkey_ Twitter e Instagram, redes en las que (según me enteré) pasaba hasta tres horas por día.

Lo primero: esta nota no es un juicio sobre cómo la gente debe invertir su tiempo o vivir su vida. Mi propósito es documentar, sin ser exhaustiva, una serie de eventos que sucedieron durante el mes que estuve fuera de redes sociales pero quiero hacer el disclaimer, pronto, dentro de este texto, de que no encontré una verdad absoluta y de que sigo sin tener idea de lo que estoy haciendo ¯\_(ツ)_/¯.

Lo primero que hice fue cerrar la cuenta de Facebook a la que igual nunca entraba. Lo segundo fue eliminar Twitter e Instagram de mi teléfono. Todo lo decidí el día antes, con un poco de ilusión de cambiar la forma en que estaba haciendo las cosas.

Estas fueron las cosas que pasaron durante ese mes:

  1. Empecé a tener sentimientos, jejeps. No, en serio. Empecé a sentir muchas cosas incómodas. Me enojé mucho y con facilidad. Percibí lo profundamente inconforme que estaba con algunas circunstancias y en algunas relaciones. Tuve conversaciones difíciles. Fui cándida y vulnerable. Confronté a personas que nunca planeé confrontar. Alcé la voz, incluso. Ajá: en lugar de ir y quejarme de mis circunstancias en línea, empecé a enfrentarlas.
    Cuando dejé de ir a correr con música, me percaté de lo fuerte de mi respiración y de lo mala que era mi técnica por como sonaban mi pisadas en la acera. De la misma manera, cuando dejé de distraerme con el teléfono, empecé a escuchar lo que de verdad sentía. Diay, imaginate.
  2. Terminé libros (de los que tienen hojas). Empecé y terminé un libro, y leí a diario. Mi adicción al teléfono nunca me dejaba disfrutar el texto por estar pensado en qué estaría pasando del otro lado de la pantalla. También se me hizo más fácil poner atención a los audiolibros, sin tener la distracción de los stories de Instagram en cada semáforo.
    El libro que me terminé se llama Deep Work y venía al caso: Cal Newport argumenta que solo re-entrenando nuestra mente para resistir la distracción podremos crear trabajo significativo y valioso, podremos conocer nuestro mejor trabajo.
  3. Me dio sueño. Esto me pasó también en otra ocasión que empecé a usar apps para controlar mi uso del teléfono. Mi hipótesis es que me dejé aburrir y, bueno, eso en ocasiones desembocó en siestas. Gané, calculo, unas cuatro o cinco horas por semana de sueño, porque, también, hice mi trabajo más rápido en las noches y podía dormirme más temprano. También pudo haber influido tener una menor exposición a la luz azul.
  4. Dejé de sentirme absurdamente ocupada, de inmediato. Objetivamente estoy ocupada: tengo tres bretes, dos hijas pequeñas, una mentee, trato de hacer ejercicio, cocinar etc... Sin embargo, inmediatamente luego de que dejé de usar Twitter e Instagram dejé de sentirme ahogada. Empecé a sentir que tenía tiempo. Newport dice que nuestra cuota de “estar atentos” es finita. Yo usaba mi cuota en actividades prescindibles que rellenaban cada espacio de mi día y eso me hacía sentir fundida.
  5. Tuve más conversaciones significativas. Con más tiempo tuve intercambios más reposados online y offline. Cuando le pregunté a mis amigos cómo estaban, estaba lista para tener una conversación. Jugué escondido, pinté, escuché el piano de Juli, tuve conversaciones telefónicas (¿se imaginan?), fui a caminar porque el día estaba lindo y todo lo hice muy intencionalmente.
Pinté gatos junto con _la bebé_. Ahora, lo hice muy intencionalmente.

6. Dejé de tomar tantas fotos. Ajá, porque es ridícula la cantidad de documentación que hace uno para luego compartir un retazo del día, un selfie, una queja, un chiste. Las fotos que tomé las tomé porque quería atesorar el momento y ya, “como en los antiguos tiempos”, diría Julia.

7. Hice cosas estúpidas. Grité: ¡Cómo extraño Twitter, PACquetazooo!, leí conversaciones viejas e insulsas de WhatsApp a falta de un timeline, revisé todos mis screenshots, empecé a leer los newsletters que caían al spam y también vi tuits a través de las notificaciones que llegan por correo electrónico y que en mi vida había abierto.

8. Me empezó a irritar el uso que otros hacen del teléfono. Cuando uno siempre está en el teléfono, no importa que los demás también lo estén. Pero en mi nueva situación empecé a sentirme ignorada cuando la gente estaba distraída viendo la pantalla. No teman: apechugué.

Judge me if you must.

9. Aparentemente, el mundo sigue su curso sin mi opinión. La validación es crack y sí, en mis días sabáticos pensé en muchos tuits potenciales, que con suerte, me darían de las drogas buenas que genera el cuerpo cuando uno esparce su semillita de influencia. Pero en el fondo, siempre es un alivio inmenso que uno sea un ser prescindible, como lo somos todos, porque eso prueba que puedo ausentarme y trabajar más duro o estar con las chicas, que nada va a pasar.
Que me perderé de todo y de nada, y que eso estará bien.

Twitter y su estúpida seducción vía e-mail.

10. Me di cuenta de lo que me han dado las redes sociales. Mis amigas “de Twitter”, una vez más durante este mes, me salvaron la vida. Esos vínculos que nacieron en las redes, ahí estuvieron para escucharme, apoyarme, ayudar a mis amigos, enojarse junto a mí por la injusticia y por la misoginia y para esperanzarme. Y, obvio, extrañé saber de muchos de ustedes. Les pensé seguido. Agradecí todo lo que he aprendido por tener el privilegio de leerles.
Y también me hicieron falta las terapeutas que sigo en IG. Y no, no estoy jodiendo: cuentas de terapeutas en IG >>> fotos de gatos.

¿Ahora qué? Pues empieza un nuevo mes y con él un nuevo reto, que me reservaré. Noviembre vendrá con un montón de incomodidad. Y sí, pondré a correr un plan para no volver a mis malos hábitos de ser consumida por la distracción de la última cosita brillante.

Durante este tiempo pensé en lo mucho que imaginamos dónde estaríamos de haber tenido más oportunidades, de haber contado con alguien que nos estimulara más, para ser músicos o atletas, sobre qué sería de nosotros de haber tenido más dinero o de haber contado con alguien que creyera profundamente en nosotros.

Y, leyendo Deep Work pensé en lo contrario, ¿qué pasaría si nosotros nos diéramos el chance de dedicar tiempo a ese proyecto o a esa persona, o a cultivarnos en eso que hemos querido aprender? ¿Qué pasaría si nos dejáramos de varas y nos fuéramos de cabeza por algo, por alguien; esencialmente, por nosotros?

¿A qué lugar increíble llegaríamos si tan solo nos hiciéramos la promesa de concentrarnos en lo que más nos importa?

    Andrea Vásquez R.

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    Comunicadora social. Ciencia y diseño para la equidad de género. “Bueno, veamos”, como lema de vida.

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