A mis raíces

Andrea Yunén Aróstegui
Nov 3 · 2 min read

Me senté en un banco cerca de la puerta de Alcalá, a recordar como cantabas la sombra de un León siempre que pasabas sobre ella. Me di cuenta que abonaste en mi un poco de tierra culta, de tierra tierna en su música. Admito que se me salió una lágrima y anhele tu abrazo y tu caricia. Se me hizo palpable la idea de que el tiempo se me escapa, y que no quiero.

Me di cuenta que quiero hacer que cada segundo me cuente, que quiero empezar los mejores años de mi vida. Que buen padre tengo. El que me cultivó la deliciosa maña de comerme un cuadrito de chocolate negro cada día y una carne y un vinito pa digerir la noche. El que me enseñó a escuchar y vivir un concierto y la música de otro, el que me enseñó a comunicarme para que él también aprenda conmigo. Ya me despedí de tu cuna pero no de tus brazos, que te quiero y veo como influyes en cada parte de mi y yo sin darme cuenta. Que abonaste en mis raíces tierra de tus zapatos.

Cada vez que recuerdo que hablarme con cariño a mi misma es clave, pienso en ti ma. Se revive en mi memoria como me dices “tu puedes y eres capaz”, se revive en mí cada mañana en el carro en el que disfrutabas de verme sentir mi música, las sangrías y lloradas. Recuerdo lo abrazos y las interrumpidas en mi habitación solo para estar, para botar tu golpe. Mientras revivo y reencuentro detalles que formaron mi amor y admiración por ustedes, me doy cuenta que hidrataron perfectamente el abono.

A veces lo veo como negación de que no es mi tierra, otras porque me doy cuenta que la fotosíntesis siempre ha sido por mi parte — y que ya no hay quien me cambie la tierra. Gracias por enseñarme implícitamente a hacerlo sola, que ahora no tengo que revivir ninguna instrucción, solo dejarme llevar por la intuición.