La ciudad Piglia

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-Publicado en Facebook el 6 de enero de 2017-

En 2005, Ánuar y yo fuimos a una conferencia de Piglia en el Colmex.

Habló sobre el origen del tango. Yo lo escuché con admiración porque acababa de leer Respiración artificial, La ciudad ausente y todos esos libros que poseen títulos diferentes pero que contienen los mismos ensayos.

Al terminar su ponencia, nos acercamos a él para que firmara nuestros libros. “Un saludo muy cordial, Ricardo Piglia”. Yo le entregué un cuento y le apunté mi mail para que me diera su opinión. Él fue muy amable y me dictó el suyo. Era de la universidad donde trabajaba.

Unas semanas después le escribí para saber si había tenido tiempo de leer el cuento. No respondió. No me aguanté las ganas de escribirle cuando empecé a leer a Gombrowicz, “¿tú crees, Piglia, que en realidad gritó maten a Borges?”. También le escribí cuando leí a Macedonio Fernández, a Roberto Arlt y cuando estuve en Buenos Aires. No respondió.

A veces me despertaba en la madrugada para contarle de mi infancia, “Piglia, ¡los zapatos estaban en la azotea”. Le escribía en los ratos libres en el trabajo, los domingos en la tarde y cada vez que hacía un nuevo amigo, “tú crees, Piglia, a Jorge no le gusta la pizza”. Una noche me peleé con una ex y le grité “¡de esto se va a enterar Ricardo Piglia!”.

Cada vez que me ocurría algo extraño, cuando entraba a un empleo, cuando estaba feliz, nervioso, enojado, y en los momentos en los que sentía que vivir es complicado, le redactaba un largo mail a Piglia.

Aunque no me respondiera yo le dedicaba tiempo a las comas y los acentos. Lo imaginaba detrás de la computadora sonriéndole a todo.

Durante seis años la frecuencia de los correos fue intensa, después disminuyó por el trabajo, la casa, la novia, los amigos. Ahora ya no le escribo y no recuerdo cuándo fue la última vez. Sin embargo, todos los días pienso en algo que vale la pena contarle, “tú crees, Piglia, caminamos en la madrugada hacia la luz del Oxxo”, pero no le escribo.

En todo ese tiempo Piglia vino varias veces a la Ciudad de México. Yo me negué a ir a sus conferencias porque eso significaba abordarlo y preguntarle si había leído alguno de mis correos. No sé cuál de sus respuestas me daba más miedo. Ahora que me he enterado de su muerte pienso que definitivamente nunca sabré si abrió mis mails. Nunca lo sabré. ¿Pero no es de eso de lo que se trata la literatura?