Las fronteras cambiarán aunque no pueda presenciarlo ni imaginarlo

-Ensayo-

-Publicado en LetrasLibres.com el 18 de julio de 2014-

Al inicio de los años noventa las fronteras de Europa cambiaban frecuentemente en nuestros libros de geografía y en la primaria me obligaban a aprender de memoria nuevos nombres (Croacia, Estonia y Moldavia) y a olvidar algunos otros (Checoslovaquia, Unión Soviética y Bonn). Parecía una afrenta de la geografía hacia mí, mi memoria y el resto de mi generación.

Pero después descubrí que así había sido siempre, que en realidad los mapas están vivos. Bastaba con mirar los libros de Historia de nuevo semestre para ver la movilidad de las fronteras a través de los siglos. Esta situación me resultaba entonces desconcertante pero ahora me parece de lo más entretenida.

Por ejemplo, el mapa de Europa en 1848 es tan diferente que puede contemplarse durante horas. En primer lugar porque Italia, un país que parece haber existido desde siempre, luce dividido en varios países como Cerdeña, las dos Sicilias, los Estados Pontificios, Toscana, Modena, Parma y Lucca. Y Venecia pertenecía al imperio austriaco.

En el mismo mapa el territorio que ahora es Alemania y que hasta hace poco estuvo dividido por el muro de Berlín, aparece fragmentado en 39 pequeños países como Bavaria, Hannover o Mecklenburg, rodeados por el entonces enorme Imperio de Austria y un Imperio de Prusia que ahora ni siquiera existe.

Pienso en 1848 e imagino a un niño en Sttutgart, al sur de Alemania, que corre por el campo en medio de carretas y montañas de paja. Durante toda su vida, él ha sabido que vive en el ducado de Württemberg y que hasta el día de su muerte será gobernado por el duque de Württemberg, o alguno de sus descendientes.

Este niño sabe, quizás porque se lo ha contado algún abuelo, que cuatro décadas antes la tierra por donde corre era parte del gran Imperio Romano Germánico, y que así fue durante casi 900 años. Quizás también ha escuchado el clamor popular que indica que todos los pueblos alemanes están destinados a volver a formar un imperio.

Lo que seguramente sí entiende este niño es que en su ducado no hay suficiente comida y tal vez ha conocido sujetos que quieren derrocar a la nobleza para tener gobiernos elegidos por las personas y no por la voluntad de Dios. Tal vez eso le parezca descabellado.

Quizá vivió lo suficiente para ver que Alemania se reunificara en 1871, pero sin reformas democráticas y bajo el mando del emperador de Prusia. En ese momento tal vez imaginó que el nuevo Imperio duraría otros 900 años. Pero seguramente no imaginó que el territorio se convertiría en una República sin emperador, que existiría un dictador y que un muro dividiría en dos a Alemania. Lo que sí de plano nunca imaginó es que un descendiente del duque de Württemberg representaría a México en Olimpiadas de invierno.

Vuelvo al mapa de 1848 y pienso en un joven que le avienta piedras a un caballo en Turín, al noroeste de Italia. Sabe que pertenece al reino de Cerdeña bajo el gobierno del rey Victor Emmanuel II y que alguna vez existió un Imperio Romano que dominó toda Europa, parte de Asia y África. Sin embargo, la ciudad de Roma le parece tan lejana como Paris.

Este joven que avienta piedras ha escuchado que hay personas que quieren volver a unificar a los territorios de la península itálica pero quizá no le da importancia. Es más, probablemente ha oído conversaciones donde se dice que los que más les conviene a las pequeñas ciudades-estado feudales es unirse para tener un mercado interno fuerte que pueda competir con el resto de Europa, y que la idea de un resurgimiento italiano podría servir para unirlos a todos en una sola causa, incluso a Lombardía y Veneto, gobernadas por el Imperio de Austria. Quizá escuchó que Francia estaba dispuesto a ayudar esa causa para disminuir el poder de los austriacos.

Todas estas conversaciones tal vez las recordó en 1861 cuando Giusseppe Garibaldi conquistó el sur de la península y entregó todos los países a Víctor Emmanuel II en pos de la reunificación italiana. En ese momento quizás pensó que Italia no duraría mucho, que Austria o Francia terminarían por dividir de nuevo todos los estados. Quizá no imaginó que Italia se convertiría en una República y que poblaciones tan diferentes como la lombarda y la napolitana seguirían usando la misma bandera por más de un siglo.

Cambio la mirada en el mapa de Europa en 1848 y me encuentro con un hombre de Praga que contempla su sombra en el muro iluminado por una vela. Toda su vida ha hablado checo a pesar de que vive en el Imperio de Austria, donde se habla alemán. Ha visto que la gente se ha sublevado contra el emperador Fernando I en busca de reformas democráticas que les permitan tener un gobierno de elección popular e independiente de la corona. Ve cómo revive la noción de vivir en un país para checos y eslovacos, algo que no ocurría en más de 900 años.

Es más, este hombre que mira sus sombras, seguramente murió antes de ver, en 1918, la formación de Checoslovaquia, después de nueve siglos bajo el dominio de Austria y el Imperio Romano Germánico. Quizá ni siquiera podía concebir que algún día existiría una República Checa, donde cualquier ciudadano, en teoría, podría ser votado.

Imagino a una anciana de Pest, en la Hungría de 1848, que remueve el gulash que acaba de preparar. El calor del caldero le recuerda que ella es magiar. No es eslava, ni polaca, ni rumana ni mucho menos austriaca, bajo cuyo Imperio han vivido los magiares desde hace más de 300 años. Ha visto que los jóvenes se levantan en contra del Imperio de Austria para obtener la independencia de Hungría, controlar sus impuestos, abolir la servidumbre y hacer que los campesinos cultiven sus propias tierras.

Es demasiado vieja para pensar que verá culminados los objetivos de esos jóvenes, pero también es demasiado joven para asimilar la lucha que los suyos emprendieron hace siglos y que les permitió dominar desde el Lejano Oriente hasta los alrededores del río Danubio, en donde gobernaron durante mil años hasta que se sometieron, en 1541, a los otomanos.

Ahora me veo a mí, despegando la cabeza de un mapa de 2014 y me descubro extrañamente fascinado por lo efímero de las fronteras. Estas como las nacionalidades, las lenguas y las religiones son provisionales. La geopolítica es tan volátil como la existencia del ser humano. Y el mapa que nos enseña hoy la geografía seguramente será modificado por futuras formas de gobierno.

Pienso en mí como un hombre que escribe en una computadora desde algún punto de la ciudad de México. Estoy en un país de 193 años de edad que tres siglos antes se llamaba Nueva España y contaba con un territorio distinto. Sería ingenuo pensar que el mapa de México será el mismo dentro de 500 años. Las fronteras cambiarán aunque no pueda presenciarlo ni imaginarlo.

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