Un domingo cualquiera

Alguien hizo el cálculo: tener un hijo con discapacidad es más o menos equivalente a tener trillizos, en términos del costo y esfuerzo asociado al día a día. Lucca en la foto es nuestro “trillizo” que cumplió 5 años y tiene PCI.

Ayer domingo, mi esposa Bárbara llevó a Lucca y su hermano al área infantil (Recórcholis) de una plaza comercial, y se encontró con una colección de amargas sorpresas: Lucca puede disfrutar de varias atracciones si cuenta con compañía, así que Bárbara pidió que le permitieran ingresar para poder estar en algún rincón del pelotero y lugares similares. Los empleados se lo negaron. Al hablar con un supervisor, que podría tener criterio para autorizarlo, siguió la negativa. Al intentar asentar una queja, el sistema (una tablet con una encuesta) no funcionaba. Al llamar al teléfono de quejas que le dieron: nadie atendía.

En ningún caso se pidió instalaciones adaptadas, ni locuras fuera de programa. El elevador para personas con discapacidad no funcionaba y hubo que trepar la silla de ruedas por una escalera demasiado estrecha y poco accesible. Después nos enteramos que el elevador hace año y medio que no funciona, lo que da una idea de contra qué corrientes nada uno a diario.

Ya que no había canales de queja accesibles, siguió lo lógico: exponerlo en redes sociales, donde con un poco de suerte alguien lo vería.

Oh, boy. Alguien lo vio.

Por alguna causa, sea el domingo aburrido, la ausencia de burradas por políticos u otra razón, la queja de Bárbara apareció en el radar de un grupillo de trolls que llevan 24 horas haciendo todo el esfuerzo del mundo por ofender, amedrentar y avergonzar a quien aterrice en ese bendito radar.

Es fácil decir “No hay que prestar atención”, o “Ladran, Sancho”. Es fácil adivinar sus motivos: es una carrera por ser el primero que genera una reacción.

También es fácil devaluar el contenido de lo que se dice pensando que para llegar a esos extremos, detrás hay infancias traumáticas, falta de modelos, falta de horizontes.

Pero hay algo MUY roto, muy podrido, en el contexto social donde esos comportamientos son parte de un juego común de diversión y presión de pares para ver quién se atreve a más. Hay algo muy podrido en la compañía que les presta sus activos para desarrollar su acoso, sus ataques y bravuconadas.

Yo tiendo a ser frío y parte de mi “función” ayer fue intentar aliviarle algo del impacto a Bárbara, que me decía “¿Cómo no les voy a responder, si le están faltando el respeto a Lucca?”, mientras yo balbuceaba sobre analfabetismo y anonimato en internet.

Mientras una jauría de cobardes se incita y aplaude mutuamente, Bárbara está en la cuarta junta de trabajo del día, con bronca y dolor sordo golpeando los tímpanos, mientras “la vida sigue, el teléfono suena y los correos llegan como cualquier día”.

Por una parte, esto va camino al olvido mientras redacto este texto. Ya habrá otro foco de atención más entretenido, explotable o jugoso. Por otro lado estoy parado al medio de una familia que lleva 24 horas en la desazón más siniestra: el universo afuera es tan horrible, que no quiero luchar, no quiero darle un golpe para no infectarme la piel, los huesos.

Por suerte nuestro mundo es más grande. Por suerte las voces de apoyo sonaron mucho más fuertes que los ladridos de las hienas. Esto se acabó ya, porque después de la sorpresa, del dolor y la indignación viene la certeza de que seguimos de pie.

Quiero aprovechar este espacio y momento para desearle a todas las hienas que nunca cambien. Que su vida se mantenga en este camino por muchos años más. Mi más sincero deseo, desde el fondo de mi corazón, es que vivan en esos cuerpos, en esas mentes, hasta morir abandonados, solos, sentados en un pañal lleno de mierda. Si gustan yo les financio el viaje.