Entre la memoria y el olvido.

Constantemente damos pasos: somos seres en movimiento que nos apropiamos de lugares para no sentirnos invadidos por ellos, porque de alguna manera nos sentimos seres superiores. Podemos hablar de nuestra capacidad mental y nuestro alto nivel de raciocinio pero no somos capaces de darnos cuenta de lo transgresora que puede ser la cotidianidad para nuestro pensamiento.

Seres que habitualmente veo y que siempre reconozco pero ya no detallo; el ponderoso cabello de Manuela saturó mi visión tanto que consiguió volverme ajeno a él, al igual que los brackets de Nicolás que en mi realidad, reflejo de mi visión, no existen más. Esto sucede con los no lugares; el jardín que se encuentra al frente de tu casa, el árbol donde aprendiste el nombre de tu mejor amigo o la flor que le regalaste a tu primer amor; son seres que representan lugares que fueron nuevos alguna vez y que por ende construyen una memoria pero que por la regularidad se forman como ambientes que no están ahí, y así se constituyen como no lugares.

La memoria y el olvido; ¿Cómo pueden estar inmersos dentro de un lugar sin cancelarse uno al otro? ¿Cómo olvidamos los recuerdos y cómo recordamos lo olvidado? La fotografía se comporta así de alguna manera; sus dibujos de luz constituyen en muchos casos recuerdos compartidos que mutuamente olvidamos.

Encuentro que la fotografía no rememora el pasado, sino el testimonio de que lo que veo ha sido, y lo que ha sido es lo que todos hemos sido, pero esto que ha sido, que yo o alguien más decidió pausar para siempre, es ese algo que se quiere mostrar, pero que se muestra ocultando otras partes del ser, otras partes de la esencia del sujeto, por lo que se llega al problema de que si lo que vemos es realmente lo que es, o lo que se quiere mostrar y si es así, lo que se quiere mostrar no es algo que podamos considerar real sino ideal.

Entonces deducimos que la fotografía es contingencia pura y no puede ser otra cosa: siempre hay algo representado y ese algo representado no es verosímil a lo real, sino que es subjetivo de quien captura la imagen. Así, el recuerdo se define a sí mismo como surreal, y por ende no corresponde al campo de nuestro entorno habitual; el recuerdo fotográfico, aun cuando es compartido, es propio únicamente del fotógrafo.

Intentamos apropiarnos de nuestro alrededor, atesorar sentimientos e inmortalizar personas pero somos inconscientes de que esta facilidad de memoria que nos ofrece la fotografía nos relega de nuestra responsabilidad de tener que recordar y nos hace olvidar lo que alguna vez consideramos importante; Así quedamos atados al olvido para solo poder revivir estos momentos a la subordinación de una frágil e inconstante imagen.