La Colombia que no existe

A estas alturas del partido, tristemente Colombia se encuentra hundida aún en la incertidumbre total. El justificado odio a las FARC, la promesa incumplida de respetar un plebiscito que casi mata la posibilidad de acabar el conflicto armado con el grupo guerrillero, el descontento habitual de la mayoría de sectores del país con el Gobierno Santos y un dañino ruido del uribismo y la derecha extremista que tuvieron en estos últimos 6 años un trampolín para las presidenciales que se aproximan, incluso mayor que cuando estábamos sumergidos entre muertos y rebeldía.

Finalmente el día del desarme llegó pero los colombianos fuimos indiferentes, como si estuviéramos anestesiados, como si el fin de los disparos del grupo guerrillero más antiguo y sanguinario de occidente no fuera tan buena noticia; evidentemente el país no quiere un final feliz para las FARC.

No es un secreto, yo también los quería sin armas, los quería sin su disfraz de terror, desnudos, con su fácil discurso comunista para el que debemos prepararnos, con la corrupción de la derecha y los vicios de la extrema derecha, con la economía tambaleante debido en gran parte a la explotación impositiva que ahorca a los legales y premia la evasión. Será difícil, sin duda, pero guardo la esperanza de que el odio a las FARC será trasladado a una indisposición a un modelo que de seguro no funcionará, como nunca lo ha hecho.

Francamente hoy me siento victorioso, el uribismo no ha dejado entender a quienes las FARC nos parecen repulsivas como ideal (habrá guerrilleros que nunca quisieron serlo pero que el país no les dió otra opción) que el hecho de silenciar los fusiles es de algún modo aceptar la equivocación, renunciar al hecho de que el miedo y la opresión que tanto les gusta criticar no debieron ser nunca su método que mutó a su causa, casi que a su fin. Perdieron. No lo lograron. Su orgullo que bien distingue a la izquierda radical nunca fue tan poco como para verlos agachar la cabeza. Creen que fue un empate para fortuna nuestra; no habrían dejado las armas de otra manera.

“[…] el miedo y la opresión que tanto les gusta criticar no debieron ser núnca su método que mutó a su causa, casi que a su fin.”

El desarme de las FARC no fue un favor, fue una orden que le dimos con la reelección a Santos y no para favorecer a las FARC como algunos lo hacen creer, sino para detener este derramamiento de sangre de víctimas que muy seguramente están lejos de ser esa burguesía objetivo. Su Gobierno no pudo haber sido de otro modo, no tenía opción. Santos debía acabar con lo que comenzó y con lo que se vendió al mundo y a los colombianos.

Mientras tanto hablamos bajito sobre el tema. Colombia también tiene orgullo pero el gran daño se lo hizo Uribe al mostrarnos como perdedores cuando en realidad ganamos. ¿No habían planteado esta opción? Aquí la tienen. Yo si veo como perdedores a las FARC, aun sin cárcel, aun con política (como si el congreso actual fuera buen ejemplo), pero dejaron las armas, las que les dieron sus triunfos y sus derrotas; de ahí que dejarlas fuera, entre todas, la derrota más grande.

Colombia no lo vió así, nos sentimos regalados, alcahuetes, temerosos de una próxima crisis igual o peor que la de Venezuela. Nada que juzgar, el miedo causa ceguera y terquedad. Solo de nosotros depende que no sea así.

“dejaron las armas, las que les dieron sus triunfos y sus derrotas; de ahí que dejarlas fuera, entre todas, la derrota más grande”

La Colombia socialista no existe, como tampoco la del postconflicto. Estamos caminando por impulso más no por convicción hacia un terreno desconocido por ciudadanos que nacieron y crecieron en la guerra. Pero a donde sea que vayamos, vamos con una victoria encima y a donde sea que lleguemos, será mejor sin el plomo como otro politiquero más de los tantos por los que ya hemos votado, no de camuflado sino de cuello blanco, todos igual de guerrilleros, usando el miedo como capital político.