El Cielo está comprado

Fue una noche de junio, después de llover… el suelo aún empapado, los charcos pequeños que reflejaban la fragmentación cotidiana hacia el puente de la realidad en la sociedad y el inhumanismo en que nos encontramos con el pisar de los charcos. Tenía puesto mi sudadero y capucha que tapaba la mitad de mi cerebelo. Mi pelo aún mojado, refrescaba mi frente que por dentro, mil remolinos rondaban al llevar la botella de la mano a mi boca, sentía como quemaba mi garganta, explotaba en mi estómago, retumbaba en mi cabeza y entorpecía mis pies. Un paso adelante, el otro más torpe, pero terminaba con la sincronía de mis pasos. Lo vi, él estaba con la cara tapada y a la par, su fiel acompañante de color negro como esa noche, sus ojos estaban atentos a mis estúpidos pasos, sus dientes comenzaron a verse cuando me acercaba…

— “Una monedita, por favor”, replicó el hombre que se cubría la cara con una gorra, una chumpa gruesa sobre su suéter y un pantalón negro que reposaba hasta sus tobillos haciendo juego con su calzado. Respiraba muy lento, una mano alzada al cielo como si suplicaba perdón, pero solo esperaba dinero, revisé en mi bolsillo y en efecto, le di 4 quetzales y le dije:

— “Espero y no te comprés la vida pidiendo dinero ajeno, igual, ya estás cerca del fin.”

Con una voz ronca y profunda contestó 
 — “No lo hago por dinero, insensato, el dinero es una especulación material para poner precio a cada sentimiento, situación, teorías e ideologías, todo recae en el vínculo de la historia humana con sus creencia… No lo hago por dinero”

— ¿Cuál es tu punto, cómo sabés ese “vínculo”, estudiaste historia o qué? Pregunté desconcertado…

Levantó la cara y su perro también paró su postura, tenía la mirada de mil ejércitos enfurecidos, pero el pelo largo cubría la mitad de un ojo, como si perdió algo y ahora trataba de encontrarlo. Las cuatro patas del can, eran fuertes y se movía, de seguro me alcanzaba… Fui sacando lentamente mi llave de carro por si habían motivos para correr , pero sabía que era inútil, mi cabeza daba vueltas y apenas podía estar de pie. Respiré profundo, tomé otro trago, y me quedé parado. Él me sonrío, le faltaban dientes, pero la lucidez era impecable, tomó una taza de su bolsa rota y sirvió un trago que sacó de su saco.

— “¡Salud!” Dijo, levantó la pequeña pieza de porcelana y lo tomó. Hice lo mismo, di otro trago fuerte, el perro olió mi presencia, no gruñó, regresó a su lugar de origen, él observó al perro y asentó la cabeza.

— “Sin miedo, ¿verdad?, sé que estás tratando de averiguar, pero eso no te salva de la inquietud de quién soy o que hago aquí, ¿me equivoco?, bueno, soy alguien que ha estado presente en todos los momentos importantes de la humanidad, he sido testigo de muchas posibilidades a lo impredecible. He sido testigo del pasado, lo soy ahora y lo seré al fin de los tiempos. Soy un ejemplo de creación al pensamiento abstracto, objetivo y subjetivo del humano, mi nombre se ha impreso en diferentes escritos de peso histórico, también soy llamado cuando la moral humana sobrepasa su diferencia, soy el antónimo del bien, soy quién tiento la minúscula expresión de lo que no se debe hacer. Soy simplemente alguien que venera la seguridad ideológica, ese es mi alimento, que todavía existo… Soy quién soy, me podés llamar como querrás, abro puertas que jamás pensarás que están, no te aferrés al simbolismo, somos energía y pureza, somos la decisión que haces todos ustedes al levantarse.

Me quedé atónito, le pregunté si le preocupaba algo, solo respondió que si todos tenemos miedos a lo desconocido, él le tiene miedo a la misma humanidad. Seres inertes que hoy en día carecen de ideologías por mantener la estética de sus imágenes, le preocupaba que no había creencias fuertes, todo era manipulado y que hasta el Cielo fue comprado, explicó que Dios cometió el error de darnos el poder, que para tener viva la civilización, no debió dejarnos las puertas abiertas, no nos tuvo que dar libertad, él no es perfecto, se hizo imperfecto al dar ventaja al ser humano, a jugar que la vida no es apreciada, que no hay resignación, que el vivir es un producto de nuestra maquinaria de esfuerzo, que nos preocupamos más por las cosas con reposición que las que no tiene, también, esas cosas de llenar las energías eran alimento para ese señor, juraba que estaban cerca del fin y que estar presente ahora en nosotros no tenía validez.

Le pregunté de último:

— ¿Cómo sabés eso de Dios y las cosas inexpertas que pudo hacer? ¿Cómo podés prescindir los actos humanos?

Antes de pararse, sonrió y me dijo:

— Te lo dije. Sólo soy un testigo entre ustedes. Observo, aprendo y hago. Cada día más que el sol se oculta, este humanismo y su doble moralidad se vienen abajo. Las guerras, las traiciones, rompe cadenas, todo gira en torno en un nombre que ustedes le rinde honra: Dios, pero ni él sabe el error tan grande que cometió, darles el poder de decidir. Sin decisiones, entonces dejo de existir, por eso estoy presente en cada acto. Sólo soy testigo.

Se puso de pie, ¡verga! Era demasiado alto, llamó a su perro “¡Sombra, aquí!” dijo sin dirigirse a él, el perro se acercó, y me dijo:

— Vos, cuando Sombra te olfateó, me dio la señal que sos de los que no conspiran, es por eso que te expliqué el por qué me encontraba meditando, no necesito tu dinero, ya todo está comprado. Pero no dudaste en darme centavos, eso no es caridad, eso es tener aún ideología por el bien civil. Increíble o no, aún tengo esperanzas.

El hombre, levantó su costal, sacudió su chaqueta, limpió su gorra, se puso los lentes, tomó su bastón y a Sombra y caminó en dirección perpendicular, empezó a llover mucho, mis ojos desorbitados se fijaron como la figura del hombre se escondía entre las gotas, sin dejar algún rastro. No lo seguí, el carro estaba a cuadra y media de donde estaba aún parado viendo en la misma dirección de cuál el hombre desapareció. Caminé, antes de abrir la puerta del carro, encontré un volante tirado en el suelo, lo sacudí y el volante hablaba sobre ofertas de camas y en la última pestaña un frase que ha marcado hasta el hombre más honesto del mundo: “Todos tenemos precio”.

José Andrés Morales, Mayo 2017.

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