La entrevista

Andrés Quintana
Jul 20, 2017 · 6 min read

Salí del lugar, los pasos torpes trazaban mi camino hacia mi destino. La cabeza provocaba una transmisión de ondas al precavido momento de hacer cualquier estupidez. “No, no lo voy hacer… dejaré que el tiempo haga su trabajo, no tengo porque rebajarme a lo que nos veden los demás, ser débil” Pensaba sigilosamente, sabía que el demonio estaba rondando por ahí, quizá me estaba esperando. Tomé otro trago y sentí como el líquido amargo quemaba mi garganta y se quedaba en el pecho, revolviendo mis pensamientos, emociones, rencores y algunos recuerdos de su hermosa silueta enmarañada entre mis brazos. No podía estar seguro, los recuerdos me parecían más que una ilusión o así lo quería pensar, de algo estaba seguro; y es que no quería reconocer que su aroma, el calor que depuraba, los besos más puros y su dulce voz me hacían una gran laguna en mi ser, lo incompleto lo llenaba con tragos amargos, fiestas y ver pantalones apretados a unas cuántas guapas. No, ese no era el “yo” que he construido, el uso del poder en decisiones era lo que bastaba para seguir en marcha, sin mirar atrás, aplastar a quién se atreva a ser un estorbo y en ese preciso momento , ese clímax de lucha interna… Sin aviso alguno, se tornó todo negro y quedé sin luz por un momento.

Escuché unos pasos lentos, cada vez más cerca… unos zapatos de vestir, eso estaba seguro, ¿Era un hombre de negocios?, ¿Acaso una mujer? No lo podía descifrar, el cuarto estaba totalmente oscuro, cuatro paredes me rodeaban. Lo sabía porque la luz que pegaba en mi cara no se expandía con el pierde de la oscuridad. Era un lugar cerrado. De pronto sentí una mano en mi hombro izquierdo, el ente caminó hacia la pared frontal, me estaba dando la espalda. La tenue luz daba a su silueta, era un hombre de unos 1.85 mts aproximadamente, era delgado y vestía con un traje negro, pantalón ajustado, el saco le sostenía justo la espalda. Con una voz profunda y lenta, preguntó:

— “¿Cuántas veces?, ¿Te lo haz preguntado alguna vez? Desde que me apoderé cierta parte corporal, jamás me agradeciste por todas esas veces que te salvé de la humillación.”

Desconcertado, pero quise seguir el juego, tenía una ligera sospecha de saber quién era. Lo vi fijamente (me seguía dando la espalda) y contesté:

— No es que no las cuente, eso no importa, importa saber si de verdad me salvás o me alejás más. Sí querés saber las “veces”, entonces he sido un imbécil más de mil veces por creerte.

Estaba buscando una posesión en la cuál lo hiciera evidente su sed por obtener todo el juego completo, sabía como funcionaba, anteriormente me había topado con personas así; sedientas de poder, sin precisos, ganas de sólo ver arder al mundo, buscaban su propia salida sin importar lastimar a los demás. Buscaba un punto débil. Así que, proseguí:

— “No creo que seamos un equipo, sé que tenés que vivir dentro de mí para tener lugar a tu vacía existencia, ¿o me equivoco? Me necesitás con todos mis deseos y emociones para ser uno mismo, querés ver arder al mundo. Te entiendo, pero no te voy a dar lugar para que violés todas las reglas, mis principios o recuerdos. La moralidad humana es la contante entrega a lo que debemos compartir, te harta la idea que no te dé el lugar porque puedo superar y sanar de otra manera, se llama paz”.

Volteó lentamente, la luz quedaba sobre su área pectoral, su manos jugaban con la mancuerna de su saco que quedaba justamente en la muñeca. La cara, aún era un misterio… Esperó unos 10 segundos, el silencio abrumó la sala, empezó a incomodarme y sentí como mi espina dorsal acariciaba el pavor. Puso sus manos sobre la mesa, inclinó lentamente su cuerpo y quedó justamente en el borde la luz, lo vi, era una sonrisa, nada amigable. Las comisuras se marcaban como de disfrutar que estuviera roto, los dientes blancos y en orden, era la perfección con la cual quebrantaba mi voluntad. La corbata de rojo intenso ajustaba sobre su garganta como si supiera que era el momento de mi ahorca. Inclinó más el cuerpo y la imagen de una sonrisa perfecta que remarcaba el placer de sentir que todo su odio lo expresaba en la comedia, la mirada era fija y repulsiva. Hacía contraste con el traje negro, camisa negra como sus intenciones, la corbata de color violencia, la mirada atemorizaba la moralidad y la comunicación era solo estar sentados frente a frente. Sostuvo la mirada, de pronto, otras luces se encendieron y lo pude ver de cuerpo completo… Era yo, personificando mi orgullo. El pelo peinado de un lado, la mirada fija y la sonrisa no desapareció y dijo:

— ¡Sin mí, no sos y no eras nadie! Te he salvado miles de batallas, incluso cuando buscaste arrastrarte por amor barato de personas que te vieron como basura, lo cual, pienso que aún lo sos. No me vas a negar que sentiste satisfacción cuando te vengaste de esa persona que te hizo la jugada de no valorarte y te metiste con su alma gemela para sólo saborear carne ajena, meterte en sus entrañas y gobernar la tierra ajena. Incluso, esa ocasión que tu sentido de justicia golpeó varias veces en la cara a ese viejo enfermo y depravado cuando oíste gritar a esa mujer desesperada que la lastimaba, me dejaste salir a luz y recuerdo exactamente como tu cara se transformo en la mía, los dientes radiaban de felicidad y los ojos bien abiertos confirmaban la pieza que estábamos haciendo, el viejo rogó que pararas, la llave de chucho probó su castigo. Así funciona, la cotidianidad humana es pura basura, buscan elocuencia en donde ellos ni si quieran saben a que conviene su fenotipo. Yo disfruto del caos, algunos te han llamado loco y raro, te he defendido de todo. ¿Quieres saber algo de la locura?, ¡ES JUSTA! La locura ha sido analizado a través de la historia, por su intrínseco carácter de anomalía, que la torna riquísima como tema de análisis. O también, porque los grandes analistas de la locura han tenido un poco de la misma en su interior. Es “anormal”. Sos YO, no lo escondás, soy parte de tu cuerpo, acciones y vida”. Hizo una pausa, sacó de su bolsillo derecho una pequeña tequilera, y se tomó uno a fondo.

El muy bastardo me tenía contra las cuerdas, sabía que no podía repetir el pasado por otro demonio: Odio, los dos sabíamos que si el jefe despertaba, me convertía en un psicópata de mi mente. Lo sabía, estaba entre la delgada línea entre la razón y la locura. Es un suicidio mental, si me dejaba manipular por su lengua, estaba perdido, y así prosiguió:

— “ Dejá que introduzca un poco de anarquía a tu cabeza, haz lo que tengás que hacer y lo más conveniente. Está basado en una famosa paradoja, dejá que los “moralistas” se muevan por intereses pragmáticos y no por compasión. La articulación de este juego está basada en la teoría del costo de oportunidad y remite directamente a un problema. Por ejemplo; Si un perro se le presentan dos bocadillos a la vez, no tomará ninguno por su afán de tenerlos ambos. Para poder “ganar” y no “perder”, debe elegir una opción. El problema es que esa opción involucrará siempre un “costo de oportunidad”, es decir, la opción que no se eligió y se perdió para siempre. ¡Todos perderán la cabeza! jajajajajajaja, todos tienen un precio, y vos sabés que me refiero a dejar a quien quieres para estar bien o puedes estar mal pero de igual forma, me seguiré presentando.”

“¡Maldito!” Estaba en su juego, me presentaba las dos opciones, ansiaba que me dejara libre, pero perdía el ganar, o podía perder a quién quería para ganar. Tenía que salir de esta sin perder, o … perder a quien quería y ganarme a mí y que Orgullo se sintiera bien, porque de igual manera iba a a ganar. Entonces, me acordé de una película de ficción donde se contaba las probabilidades, la estrategia requiere estrategia, él estaba jugando, tenía que contestar así. Justo antes de aplicar mi última jugada en la estrategia mental… Me interrumpió, se acercó a mí y dijo:

— “No lo pienses más, bastardo, vos me necesitás, lo sabés… No me voy a ir fácil de vos. Jajajaja, pequeño e inocente bastardo”… Su sonrisa se desapareció en la oscuridad, y su mirada perpetúo en mi memoria. Abrí los ojos, estaba en mi cama con el traje negro puesto. Sonreí porque el maldito sé que me tiene miedo. Respiré profundo, me levanté de la cama, fui al baño, llevé agua de mis manos a mi cara, repetí dos veces el procedimiento. Me vi al espejo y empezó a dibujarse una sonrisa de lado a lado, incliné la cabeza y mi la mirada quedó marcada en mi reflejo, apagué la luz… El demonio también se asustó.

Él sabe que la historia no termina… él sabe.

José Andrés Morales.

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    Andrés Quintana

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    Lateralus, spiral out.