Mi gran orgullo

Hoy mientras reflexionaba y me encontraba absorto en un mar de ideas tanto superficiales como profundas, pensé que era imperativo dedicar unas pocas palabras a la ciudad que me vio nacer. ¿La razón? El infinito y presuntuoso orgullo que me embarga el alma y la mente al proclamar con regocijo que nací en la capital de mi amada patria.

Foto tomada de viajeros.com

Siempre me he considerado extremamente afortunado. Si hay algo por lo que he agradecido al cielo es por todo aquello que me fue otorgado sin siquiera haber hecho mértios para recibirlo y no voy a mentir…Batallo constantemente con la lógica pues le exijo explicaciónes acerca del porqué sin merecer nada, he acumulado tantas bendiciones.

No estoy seguro de si algún día tendré una respuesta, pero de lo que sí estoy seguro, es de que como si fuera poco, además de lo ya mencionado, tuve la fortuna de ser parido en una ciudad de la cual me enamoro ciegamente cada día más y a la cual le debo gran parte de mi esencia, de lo que soy y de cada uno de los aspectos más inherentes a mi ser.

Desde tiempos inmemorables los seres humanos hemos dedicado las más exquisitas palabras y sonidos al amor. Sí, al amor de madre, padre, esposa, esposo, hijos etc. Incluso al desamor. Es como si esas sensaciones que nos produce el querer nos impulsaran y nos aventaran a un mar de nuevas posisbilidades que seguramente no descrubriríamos si careciésemos de él. 
He ahí la razón que me insta a rellenar estás páginas en blanco. Amor puro.

Amor del bueno.

Mi amor por mi ciudad es real. Es puro y sincero. No es pasajero — y no podría serlo — ni tampoco superficial. Es amor del bueno. Y sabes que es amor del bueno cuando al ver su bandera enarbolarse te tiembla todo el cuerpo, te sudan las manos y se te pone la piel de gallina. Es como si viviera un constante enamoramiento y a mi lado, tuvera una pareja maravillosa que día a día me sorprende y se roba mi aliento. Así se siente, es una maravilla.

Me basta con dirigir la mirada hacia sus cerros y luego redirigirla a los ojos de sus habitantes para caer rendido ante su encanto. En sus calles ruidosas y alborotadas me siento cómodo como un niño en los brazos de su madre y disfruto hasta el más mínimo de los detalles que la configuran: sus muros pintados, su desorden, su versatilidad, su clima impredecible y su espléndido cielo gris. No existe ni existirá un lugar que me genere sensaciones siquiera similares. Estoy absolutamente enamorado, lo juro por Dios.

¿Y es que cómo no estarlo?, ¿cómo no sentir orgullo por haber nacido en la ciudad más importante de nuestra bellísima Colombia? ¿Cómo no amar sus atardeceres de ensueño? ¿Cómo no disfrutar de sus parques, bibleotecas, museos, discotecas, restaurantes y teatros? ¿Cómo no maravillarse con sus montañas y la naturaleza que la circunda? ¿Díganme cómo demonios no enamorarse de La Candelaria, con sus colores y sus calles estrechas, de la Plaza de Bolivar, del Chorro de Quevedo y del Centro Histórico en general?
Maldita sea, ¿cómo no enamorarse del Campín vestido de azul y blanco? Creo que ya me entienden…

Un encanto que no todos comprenden.

Siempre he comparado a Bogotá con una mujer. Ambas son encantadoras pero misteriosas. Caprichosas, coquetas, complicadas…Pueden acogerte y hacerte sentir a tu gusto o si lo desean, mortificarte y hacerte vivir un infierno. También son volátiles: nunca sabes con qué te van a sorprender y a mi parecer, es justo allí donde radica su encanto. Encanto que no todos logran entender y mucho menos interpretar.

Y así como no es sencillo entender a una mujer, tampoco lo es entender a la capital. Por ello, sugiero que te concentres en disfrutarla y no en comprenderla. Descubrirás un mundo fascinante una vez lo consigas y te aseguro que tú también te vas a enamorar.

Hogar de muchos, orgullo de pocos.

No todos comparten este sentimiento y no tendrían por qué. Si yo apelara a la razón la cordura, el raciocinio…, y no me me dejara llevar por lo que siente un corazón enamorado, tal vez no me expresaría de la manera en que lo hago. No lo sé. Sin embargo, ¿de eso se trata el amor no creen? De ver más allá de la razón, del entendimiento, de lo que parece obvio y tal vez de una sublime pero peligrosa manera, de estar cegado o apuntar nuestra mirada a aquello que realmente consideramos relevante.

En todo caso, así es como me siento y por ello, me entristece profundamente ver cómo el sentido de pertenencia por nuestra ciudad es tan escaso. Es como si nos hubiesen vendido la idea de que está bien sentirse orgulloso si eres de cualquier otra región del país pero no de Bogotá. No. Porque al parecer es la ciudad de todos pero al mismo tiempo de nadie. Es la ciudad en la que se vive, se trabaja y se estudia. Solo eso. La ciudad de la que muchos pueden hablar mal y a pocos les importa. Como si fuera un comodín, qué tristeza.

A ti ciudad, solo te diré que…

Que sonrío al pensar que en tus calles he crecido y me he formado como ser humano, que en ellas he aprendido a valorarte y a respetarte y que me siento feliz cuando te vivo y te disfruto. Quiero decirte también que me duele la manera en que tus habitantes te devuelven con desdén e indiferencia todo lo que les has otrogado y me derrumba ver cómo no se valoran las miles de oportunidades que a diario repartes como la madre que eres.

Quiero también, decirte que junto a mi país y mi familia, eres mi orgullo más grande. Que siento como las letras de tu himno me penetran en la piel y me llegan directamente al alma. Que me gustas, que me encantas y que con el favor de Dios, aún tengo una vida entera para enamorarme aún más de ti.

A ti Bogotá, a ti blanca estrella que alumbra en los Andes, te agradezco y te honro. Te ofrezco lo mejor de mí y te juro por mi vida que dejaré en alto tu nombre.

Te amo.

Flor de razas compendio y corona 
En la patria no hay otra ni habrá 
Nuestra voz la repiten los siglos: 
¡Bogotá! ¡Bogotá! ¡Bogotá!