Mi primer acoso, mi acoso más reciente: y la caja de pandora de historias y recuerdos.

Mi primer acoso: iba en bici a los 13 años, cruzando un puente peatonal nuevo con una amiga. Pasó un señor en bici. Me dijo una sarta de leperadas que inició con un “que bonitos calzones…”. Me bloqueé me desconcerté. Me descompuse. Mi amiga no alcanzó a escuchar, sólo me vio y me preguntó ¿qué pasó? ¿qué te dijo? Yo no pude articular lo que me había dicho porque me sentía sumamente avergonzada.

Mi último acoso sucedió, hace dos semanas. El señor del puesto de los dulces al cual saludo y se que se llama Luis, porque lo veo diario y diaro nos saludamos, y desde que me agredieron en la puerta de mi casa, se me ocurrió que era buena idea saber quienes están todo el día en la banqueta. Pasé, lo saludé como de costumbre levantando la mano, aprovechó que estaba cerca y me jaló de la mano y me forzó un beso en la mejilla. Me lo quité y le dije “No, gracias, así está bien”. ¿En serio? Sí, porque por mas ensayado que intente, y por mas coso de toques, esa es la reacción. ¿No gracias? ¿¡Como gracias de qué!?

Algunas historias de abuso en medio –entre mi primer acoso y el último– que han dejado huella:

En primero de preparatoria, una amiga quedó de verse con un amigo que le gustaba. A ella la conocí en primero de secundaria a él en primero de preparatoria. Quedaron de verse en casa de otro amigo en común. A ese otro amigo en común lo conocía desde la primaria. Por eso, a esa casa había ido sólo una vez. A realizar un trabajo en equipo mixto. Los niños se la pasaron tonteando y se fueron a jugar fútbol. Las niñas nos quedamos a hacer la tarea, en equipo, y en algún momento llegó la mamá de ese amigo a regañarnos por no haber acabado. Mientras que su hijo y el resto de los varones estaban jugando– impunemente– fútbol. Sobra decir, que nunca más regresé a esa casa hasta la preparatoria. Y regresé, sin invitación.

Mi amiga nos pidió, a mi y a otra amiga, que la acompañáramos, que la lleváramos y esperáramos en el carro. Nos imaginamos, desde el tonto romanticismo que una puede tener a los 14–16 años que se darían de besos, incluso hasta un faje, en fin, que se le declararía, que finalmente serían novios o algo así, “lindo”. La llevamos. Se bajó, entró a la casa. Cuando vimos que se tardó demasiado decidimos ir a buscarla. Mi otra amiga y yo nos bajamos del carro y timbramos, muy preocupadas. Se tardaron en abrir. Finalmente, entramos a la casa. Preguntamos por ella, no nos querían decir dónde estaba. No sabían que nosotras la habíamos llevado y arguyeron que no estaba ahí. Entonces, empezamos a gritar su nombre, subimos –obvio sin permiso– a las recámaras y escuchamos sus gritos y golpes. Encontramos la puerta de la recámara en la que estaba, llorando, pidiéndole al “amigo” que la dejara salir. Nos asustamos mucho. Y empezamos a gritarle que la dejara salir y a golpear la puerta, desde afuera. Él respondió golpeando con algo metálico (después vimos que era la hebilla del cinturón) la puerta desde dentro. Finalmente, los otros amigos (entre ellos el dueño de la casa, a quien yo conocía desde la primaria) empezaron a asustarse también y pidieron la dejara salir. Salió. Salimos. A mi me tomó más de 20 años nombrar como (intento) de violación y secuestro este juego de la preparatorio. Enmarcarlo como lo que fue y entender que las tres callamos lo que pasó. Mi amiga aseguró que estaba bien y nunca nos platicó que pasó. Callamos, porque en realidad no lo sabíamos nombrar. Sobra decir que estos amigos, no lo callaron y distorsionando lo que pasó corrieron chismes sobre mi amiga, al menos en lo que se escuchaba en los pasillos nadie cuestionaba, mas que las amigas raras de siempre.

(…)

Bueno…luego sigo con el recuento de los daños.

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