The baby crib

En el sótano se encuentra el café del edificio de Sociología de Harvard. Consiste en unas mesas, una máquina que pasa agua para devenir en te o café por un dólar pero que sólo recibe cuartos. Tres máquinas expendedoras: una de bebidas, otra de papitas, botanas de semillas de arroz inflado y dulces–que en las primeras semanas tenía Nutella-to-go– y una tercera con yogurt, jugos, ensaladas y sándwiches. En cada extremo de este espacio que es la cafetería del edificio Williams James Hall hay dos vitrinas.

Hoy puse atención a una de esas dos vitrinas y me di cuenta de dónde estoy. Este edificio hospeda la escuela de psicología, la de sociología y la de antropología de la Universidad de Harvard. La vitrina que encontré hoy explica y presenta algunos de los inventos de Skinner. Síp, Skinner el estudiante de Pavlov. Sí, la cuna del conductismo o del behavoirismo.

La vitrina presenta un retrato de Skinner, una serie de fotos y unos cuatro artefactos. Están la máquina para estudiantes, que en realidad ahora sería una aplicación para el teléfono o para la computadora. En esta el o la estudiante lee, contesta preguntas. Las preguntas que contesta bien salen del rollo de opciones y las que contesta mal vuelven a aparecer hasta que las responde correctamente. Veo la máquina y pienso que necesito algo así para estudiar para el GRE.

En la pared del lado izquierdo de la vitrina hay un cartel con una pecera grande en forma cúbica. El cartel dice: the baby crib. La explicación del elemento 36 que es como está numerado ese cartel indica: contrario a lo que se dice este artefacto fue inventado (o desarrollado no recuerdo que término utiliza) para proveer un ambiente adecuado para bebés y no para realizar experimentos. El cartel responde a la curiosidad–por no decir morbo– por la que busqué la descripción del elemento 36:¿qué experimentaban con los bebés?.

Hay dibujos de palomas con cables en las cabezas (no de forma intrusiva) o como en las representaciones pop nos imaginamos el conductismo. En fin, no me sorprende que en los tableros, elevadores y postes en el edificio y en sus alrededores siempre hay infinidad de hojas tamaño carta de diversos colores invitándote a participar en algún experimento a cambio de dinero. Ofrecen de 10 a 30 dólares la hora. Algunos anuncian explícitamente: no intrusivos, sólo ve películas. Otros los que más pagan, hacen hincapié en la ganancia: gana 30 dólares por hora participando en un experimento.

A pesar de mi situación financiera de becaria, que diga precaria, que diga de becaria; de conocer el desarrollo de parámetros éticos científicos en los últimos años y de incluso retomar algunas de las conclusiones de estudios realizados con metodologías experimentales (como el de procesos de institucionalización como variable que estoy utilizando en mi marco teórico) la imagen pop de “experimentos” con humanos es la que prevalece en mi cabeza. Cada vez que veo uno de estos papelitos, pienso en los libros que me podría comprar por una tarde (ja 2) pero a la vez vienen a mi mente imágenes de extracciones tan diversas que van de la naranja mecánica a frankenstein a dilemas morales, éticos y de toma de decisión como el dilema del prisionero o los de Jonathan Haidt. Es cuando, decido que mejor me pongo a analizar mis datos y a aprovechar el espacio de estudio. Que ser becaria no está tan mal. Y entonces paso con una sonrisa a medias esos papelitos de muchos colores, que a la vez me atraen (más que por el pago por la experiencia) y no.


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