SOLEDADES


La soledad no estaba en la habitación vacía de mi casa, tampoco debajo de mi cama o en la oscuridad, escondida. La soledad estaba en el taxi que acababa de tomar, y no estaba sentada a mi lado, compartía puesto con el conductor, eran casi uno solo, de eso me percaté al ver su mirada tratando de acusarme, juzgarme y gritarme. Creo que no solo le incomodó que mi hijo estuviera comiendo una galleta y las boronas cayeran sobre el asiento, también eran sus pequeños pies ensuciando el tapizado, aunque creo que el hecho de que respiráramos, de que existiéramos, era motivo suficiente para sentirse irritada, simplemente andaba buscando una excusa para aparecer en la boca del conductor. Ahí nos encontrábamos, ella y yo, o ellos y nosotros, se notaba en la mirada hueca del taxista a través del retrovisor que más temprano que tarde, algo iba a decirnos, por eso, traté de anticiparme y le dije que no se preocupara que, cuando nos bajáramos, su auto iba a quedar exactamente igual a como estaba antes de que nosotros nos subiéramos — una promesa no solo difícil de cumplir, sino también muy tonta — . Su respuesta fue un silencio profundo, aunque su mirada seguía y seguía anunciando la llegada de las palabras en cualquier momento.

Los 15 minutos que quedaban de camino no fueron tan distintos. Seguimos con el mismo juego de las miradas, de los silencios y, yo seguía convencido de que aquel hombre actuaba por influencia de la soledad, era ella. Hasta que finalmente llegó el momento que tanto estaba esperando, la parada, la llegada a nuestro destino, pero antes de que siquiera pudiera decir lo que marcaba el taxímetro, decidí adelantarme y con la mano y un pañito húmedo arreglé lo mejor que pude el paso de mi hijo por el taxi. Al ver que no decía nada, hablé yo: Mire, quedó limpio, como si nunca nos hubiéramos subido — le dije — . Pero para sorpresa mía, nuevamente estaba chocando contra su silencio, así que simplemente dirigí la mirada hacia el taxímetro, busqué el dinero y muy cordialmente volví a hablar: Muchas gracias y, disculpe las molestias. Parecía que todo iba a quedar así, ya estábamos abajo. Cerré la puerta y el taxi comenzó a moverse hacia adelante y nosotros a caminar en dirección opuesta, entonces, Doña Soledad, a la que le encantan los dramas, apareció. El taxi frenó súbitamente y retrocedió hasta que quedamos uno junto a otro, la ventana del copiloto se bajó y por fin oí su voz: imbécil. Y arrancó rápidamente, eso fue todo.

Lo que me sorprendió no fue lo que dijo, ni la demora en decirlo, tampoco que no le haya importado la presencia de un niño de 2 años, porque de a poco me he dio acostumbrando a esto. Lo que realmente me sorprendió fue lo que vi a penas perdí su rastro. Allí, en la calle, todos cargaban con su soledad: unos silbaban alto alguna canción que sonaba en sus celulares, perdidos, absortos. Algunos caminaban con gafas oscuras para evitar el contacto visual con los demás. Otros, la gran mayoría, iban con los dedos pegados al volante, para que al oprimirlo con fuerza este emitiera el famoso y conocido “beep”, esa especie de alfabeto capaz de decir en pocos segundos toda una retahíla de groserías; otros más, no le cedían el placer de decir con fuerza alguna palabrota a sus autos y, se les notaba el disfrute de esto aunque quisieran disimularlo frunciendo el ceño y yo, yo estaba con mi hijo, hablándole a mi cabeza, a mi soledad, reflexionando esto justamente. Que cuando estamos en nuestras casas, Soledad es una chica que se siente tan cómoda que anda por ahí, a sus anchas, por todos lados, pero cuando salimos a la calle, no es capaz de separase medio metro de nosotros haciendo que rabia, furia, desesperación, desequilibrio y tantos más la acompañen. Lo que me sorprendió fue ver la calle llena de soledades y desolación.

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