El victimismo ultraconservador y la libertad de expresión

Hay muchos tipos de disonancia cognitiva. Sin embargo, la peor es aquella de las personas «blancas», heterosexuales y cristianas. Estas aprovechan sus privilegios para protestar por la supuesta opresión que sufren los ultraconservadores en Costa Rica.

Será lo prevalente esta semana, a propósito de la celebración del 17 de mayo, Día Internacional contra la Homofobia. Durante las próximas jornadas veremos en los medios una pasarela de personas educadas y «de bien». Repetirán como mantra aquello de que «cada vez es más difícil ser cristiano en nuestro país». Sus peroratas serán descripciones hiperbólicas que hablarán de persecución religiosa, profecías de devastación social y llamados a que las iglesias se mantengan en guardia.

«¡Que viene el “gaymonio”, que viene la “sharia”!, ¡arrestarán a Santa Claus!» son frases risibles que no suenan a broma en boca de los cabilderos integristas. Con ellas van más allá de la oposición a la igualdad de derechos para la ciudadanía. Su intención, travestida de problemática seria, implica también que nadie se meta en un embrollo por decir abiertamente que las lesbianas son venenosas (por ejemplo).

En ese sentido, la retórica ultraconservadora arguye que sus comentarios enfrentan una gran oposición. Acusan a los medios de fomentar el odio hacia ellos, pues les roban su derecho a ser escuchados.

Ante esta visión tan victimista, uno no puede más dudar de su supuesta vulnerabilidad. Si fuera cierto, no tendrían más de una docena de curules en el Congreso y una cantidad innumerable de funcionarios, líderes religiosos y grupos de presión.

Agréguenle a lo anterior la influencia histórica de la Iglesia católica –que incluso tiene prerrogativas anacrónicas en la Constitución– y la inclinación de los medios para atizar el conflicto. Verán cómo en la Costa Rica de hoy (casi igual que en la de ayer) las voces fundamentalistas se amplifican y son desproporcionadamente poderosas.

Ahora bien, hay que ser sinceros: expresar la opinión en público puede ser difícil. Sin embargo, ser víctima de discriminación es algo muy diferente a que haya menos personas que abracen tales ideas ultramontanas.

Cada vez que uno se involucra en el debate público –sea en las redes sociales, como columnista, como presentador de televisión o en el bar con los amigos–, encontrará el disenso. En ocasiones mediante comentarios ruines, desagradables y hasta aborrecibles. Eso no puede equipararse con la persecución de una minoría, pues es simplemente la realidad de formar parte de la conversación. Nadie dijo que tomar una posición era sencillo, pero el desacuerdo de los demás no es comparable con la experiencia de ciertos individuos. Me refiero a los ciudadanos son excluidos de la sociedad en virtud de su etnia, orientación sexual, credo o afinidad política.

Ahora bien, para ganar cualquier debate no se recurre a berrinches plañideros porque el concepto que se tiene pierde influencia. Tampoco se acusa a ciertos sectores de promover «agendas insidiosas» solo porque representan ideologías, teologías o fes distintas a las propias. Y, muy especialmente, no se ganan adeptos al arengar a los contrincantes, responsabilizándolos por la destrucción de la vida tal y como la conocemos. Este comportamiento inmaduro pretende que la opinión pública pida perdón por no creer lo mismo que ellos.

En cualquier caso, el privilegio que se tiene por ser «blanco», heterosexual y cristiano no se verá disminuido. Quizás, en lugar de cooptar a Cristo para la protección de sus fueros, los ultras deberían poner a Jesús como el centro de sus acciones. Que recuerden cómo este personaje sacrificó sus derechos, su reputación, su estatus social y hasta su vida para solidarizarse con los excluidos y los marginados.

Ese es el tipo de argumento que siempre mantiene relevancia y poder.

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