La culpa: sentimiento indeseable o herramienta para evolucionar.

Angela Gualino
Sep 5, 2018 · 6 min read

La culpa está presente en nuestra vida desde la infancia. En mi caso, precisamente siendo una niña, recuerdo algunas ocasiones en las que huí de ella igual que de la emulsión de Scott; entonces lanzaba la culpa como papa caliente a cualquiera que estuviera de preferencia ausente para que no hubiera posibilidad de réplica y así salir ilesa del asunto en el cual me hubiera metido. Es probable que algunos de ustedes se hayan comportado del mismo modo siendo pequeños, he sido testigo en muchas ocasiones de niños que sin ningún reparo “echan la culpa” o la esquivan, con mucha gracia.

No me malinterpreten, no creo que esta conducta sea adecuada, solo quise recordar lo que para mi y para muchos otros niños en formación -y desafortunadamente para algunos adultos-, significa la culpa: algo que pueden pasar a otro para evitar asumir las consecuencias de sus actos, sean accidentales o premeditados.

La palabra culpa no solo se usa para enunciar la consecuencia negativa de una acción también tiene otra identidad relacionada con la mente que es: la culpa como sentimiento.

El sentimiento de culpa surge cuando hemos hecho, dicho o pensado algo que no está alineado con nuestro ideal de vida. Así es, este sentimiento que tiene personalidad de monstruo nocturno; se presenta sin que hayamos hecho algo malo, solo porque de repente se nos dio por pensar algo desalineado con nuestro ideal. A primera vista esta culpa provocada solo por un pensamiento puede parecer un tanto masoquista, pero tiene un provecho, mas adelante hablaré de ello..

La culpa es desagradable e indeseable; cuando la sentimos no sabemos qué hacer con ella, como consecuencia de esto generalmente nos congelamos y no hacemos nada, pero esta falta de acción no hace que el sentimiento desaparezca, al contrario; ya que la culpa aterrizó en nuestra mente se hace cancha para permanecer a sus anchas. Pero como dice el dicho: “el muerto y el arrimado a los tres días apesta” y para este tipo de visitante no es necesario que pasen tres días para sentir cómo ha afectado nuestro estado emocional, originando pesadumbre, frustración y ansiedad. Estas sensaciones se acompañan por un discurso que nuestro visitante se encarga de susurrarnos al oído; de esta manera nos hace saber lo poco que valemos, lo mal que lo hemos hecho y nos recuerda las muchas ocasiones que hemos cometido el mismo error.

Hasta el momento he hablado de los síntomas, ahora voy a enfocarme en el meollo del asunto; es decir, la razón principal por la que estoy escribiendo esto para ustedes. Básicamente este artículo surgió para compartirles brevemente algunos factores que pueden cambiar el tipo de relación que tenemos con el sentimiento de culpa; esto con el objetivo de abrirnos a la posibilidad de reinterpretar un sentimiento desagradable que tiene múltiples consecuencias negativas, para convertirlo en una herramienta que puede generar evolución y bienestar.

Los elementos que transforman la culpa en una herramienta son:

● El propósito: la herramienta será identificar cual es la finalidad de la culpa para usarla a nuestro favor.

● La prevención: la herramienta será desarrollar una “conciencia de consecuencias” para evitarla.

● Los antídotos: en este caso la herramienta será el conocimiento de los antídotos para aprovechar el sentimiento y cambiar lo indeseable.

Ahora vamos a desmenuzar el asunto.

● El propósito.

La culpa tiene un propósito notable, es una alarma que nos avisa que hemos actuado de manera opuesta a nuestro ideal de vida. Pero como toda alarma, una vez que la hemos escuchado no es necesario mantenerla activa por más tiempo. Perpetuar la culpa en nuestra mente tiene la misma utilidad que dejar activa la alarma del despertador durante todo el día. Imaginen la pesadilla que sería mantener activo durante mucho tiempo el tonito que por las mañanas alucinamos. Escucharlo mientras nos bañamos, trabajamos, comemos, pasamos tiempo con familia y amigos, solo para apagarlo justo antes de dormir; si no es que lo dejamos un ratito más por costumbre. Pues eso es exactamente lo que hacemos cuando la culpa se queda en nuestra mente más de lo necesario. Violencia innecesaria, ¿cierto?.

Pero ¿Cuánto tiempo será necesario mantener la culpa en nuestra mente? ¿Cómo se supone que podemos hacer para sacarla de ahí?

Simple, utilicemos la culpa para lo que sirve: escuchemos la alerta que nos avisa que hemos salido del camino que deseamos andar, volvamos a alinearlos con nuestros propósitos y apaguemos la alarma. Eso es todo. Aunque suene sencillo, puede ser que en un inicio no lo sea debido a que perpetuar la culpa se ha convertido en un hábito, pero está comprobado científicamente que nuestro cerebro tiene la maravillosa capacidad de cambiar para adoptar nuevos hábitos; gracias a esta plasticidad cerebral no solo podemos adoptar nuevos hábitos, sino eliminar los que no queremos; el asunto es evitar reforzarlos por medio de nuestras acciones.

● La prevención

Para qué aguantar al invitado indeseable si podemos evitar su llegada. Podremos evitar la culpa al desarrollar una conciencia en las consecuencias, el objetivo de esta herramienta mental es formar la habilidad de hacer una pausa antes de actuar para pensar en los efectos que nuestras acciones generarán; no solo en nuestra mente y nuestro mundo personal, también en el de nuestro entorno. Al detenernos antes de actuar podremos elegir la acción que más se asemeje a nuestros valores y al tipo de persona que deseamos ser.

Se escucha muy bonito y se describe bien fácil, pero es una chambota y seguramente ustedes ya lo saben. Lo más importante en este punto es tener en cuenta que el desarrollo de una consciencia en las consecuencias será un trabajo para toda la vida. Difícilmente habrá un punto en el que podamos decir: “Listo, mi conciencia en las consecuencias está automatizada para activarse inmediatamente antes de tomar decisiones importantes”. En general el desarrollo de buenos hábitos mentales es como un entrenamiento físico; no podemos esperar tener una buena condición física y un cuerpazo, ejercitándonos una vez al mes, exactamente lo mismo pasa con la mente.

Hay algo más que quiero mencionarles antes de pasar al último elemento. La gratificación instantánea y la pereza son kriptonita para el desarrollo de esta capacidad. Así que ojo, estemos atentos antes de elegir placer instantáneo, consideremos cuáles son las opciones que dejamos pasar al elegir una recompensa inmediata.

● Los antídotos

Este elemento responde a la pregunta que plantee anteriormente: ¿Cómo se supone que podemos hacer para sacar la culpa de nuestra mente? Esto no es tan simple como encender la aspiradora y succionar al monstruo como le hacían los cazafantasmas; aquí no hay magia, solo trabajo. En realidad, no la vamos a sacar, la vamos a transformar y para eso será necesario llevar a cabo los siguientes pasos:

  1. Perdonarnos. El primer paso es salir del círculo vicioso mental que nos repite una y otra vez lo mal que lo hemos hecho; esta especie de grabación suele estar acompañada del mundialmente conocido “hubiera”.

Para abandonar esta etapa necesitamos reconocer primeramente que somos seres falibles y que nuestra vida es precisamente un largo proceso de aprendizaje en el que será inevitable cometer errores, reconociendo esto será más sencillo perdonarnos honestamente por los fallos cometidos. El perdón es un acto de amor necesario para el crecimiento.

  1. Comprometernos. El perdón tiene que venir acompañado por un compromiso de cambio. Perdonarnos sin la intención de cambiar el comportamiento que nos hizo sentir culpa puede convertirse en un acto de cinismo. En este punto será necesario definir qué es lo que queremos (no, no tenemos, queremos) hacer para cambiar.
  2. Accionar. No existe cambio que no empiece con acción. Se puede accionar de diferentes maneras para evocar un cambio, las acciones a ejecutar dependerán del tipo de cambio que deseemos hacer para encaminarnos a nuestro ideal de vida. De modo general lo que recomiendo, es la creación de un plan con estrategias claras para no tomar las mismas decisiones que generaron la culpa en un principio.

En resumen, los antídotos son: perdón, compromiso y acción.

Para terminar, cuando sentimos culpa es muy importante discernir si ha sido ocasionada por acciones de las cuales somos responsables o simplemente fuimos víctimas de los actos de otros y por conceptos y creencias incorrectas estamos cargando con un sentimiento que no nos corresponde.

Gracias por leerme. Si quieren conversar a profundidad de este tema, contáctenme en alguna de mis redes sociales por medio de un mensaje directo.

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