No lo hagas por obligación, hazlo por convicción

Angela Gualino
Sep 28, 2018 · 4 min read

“Tengo que levantarme temprano, tengo que empezar el proyecto, tengo que comer sanamente, tengo que hacer ejercicio, tengo que terminar de leer tal libro, tengo que llamarle a una amiga, tengo que limpiar la casa, tengo, tengo, tengo…”. Así continua la lista de obligaciones de cualquier adulto que se jacte de ser funcional hoy en día. Este tipo de lista puede parecer interminable.

No se si a ustedes les ha pasado lo siguiente: hace no mucho tiempo, constantemente al despertar, después de aterrizar mentalmente en mi cama, para darme cuenta de que se habían acabado las maravillosas horas de sueño y con ellas: la noche romántica con Joaquín Phoenix, la agotadora persecución zombie o cualquier clase de situación onírica experimentada durante mi periodo de descanso, y justo antes de dar el primer estirón a mis músculos aun amodorrados; un extenso repertorio de obligaciones llegaba a mi mente como estampida desaforada, demandando cumplimiento inmediato, o mínimo atención total.

Esa demandante atención en su primera etapa, se solía convertir en una especie de peso muerto, que de alguna manera me impedía levantarme. Paradójicamente aquella atención que cumplía la función de grilletes atados por un lado a mis cuatro extremidades, y por el otro a las esquinas de mi cama, se modificaba — con la ayuda del reloj: fiel recordatorio de que el tiempo no espera por nosotros — para convertirse en un resorte que me catapultaba directamente a iniciar las labores del día; no sin antes inyectarme una considerable dosis de apuro y un poquitín de estrés. Tal cual, pasaba los días repitiendo mentalmente — a veces con angustia y otras con desgano — mis muchos tengo’s. Deseando aliviar la machaca mental que mis deberes representaban, no dejaba pasar la oportunidad de compartirlos con alguien; los resultados no siempre eran los pretendidos. En esta clase de situación, corres el riesgo de encontrarte con personas que le suman peso a tu costal de deberes, enfatizando la friega por la que tendrás que pasar para cumplir con ellos.

Esta experiencia era frecuente en mi andar cotidiano, hasta que un glorioso día de marzo, a las cuatro de la mañana, mi despertador se activo con la melodía alegre que programé para evitar la sacudida de corazón que me ocasionaba el clásico y perturbador sonido de alarma que usaba meses antes. La tonadita se activo a esa hora de la madrugada — en la que ni los gallos de rancho se han despertado — porque ese día tenía reservación en un vuelo que salía a las siete treinta de la mañana. Justo después de desactivar el despertador, cuando la bola de “tengo’s” estaba por caer encima de mi como aplanadora, encabezada por el lamento de tener que levantarme a esa malsana hora, me di cuenta con asombro de que ¡No TENIA que hacer absolutamente nada! Justo así, en ese momento me di cuenta de que todos los deberes de mi vida adulta han sido elegidos por mi, o eran efectos colaterales de mis decisiones, por lo que, al ejecutarlos, simplemente me estaba conduciendo con responsabilidad. Así de simple, en ese momento la carga que ejercía en mi, la obligación de levantarme para llegar a tiempo al aeropuerto, se evaporó mágicamente.

Me gusta pensar que ese instante de lucidez y claridad fue un poco parecido a los que los budistas Zen llaman Satori: termino que usan en esa tradición, para para expresar el despertar que surge a través de la comprensión y el entendimiento. Ese día descubrí, que si observaba las obligaciones tomando en cuenta que habían sido elegidas por mi, directa o indirectamente, restablecía la sensación de control, y como consecuencia, recuperaba mi bienestar.

Desde entonces, decidí ejercitar el hábito de transformar mis obligaciones en elementos inalienables de mis deseos, cada vez que amenazaran con convertirse en una carga, observándolos con los lentes que esa mañana cambiaron mi perspectiva.

Cuando una obligación es observada como elemento inseparable de un propósito o de un anhelo, tiene la posibilidad de transformarse en convicción. Desde mi perspectiva, esa posibilidad depende del observador. Esta es una gran transformación, ya que la convicción tiene propiedades completamente diferentes a la obligación. La convicción es un motor por si misma, es como el corazón que palpita sin que nada perceptible active su movimiento. La convicción es fuente de fuerza y de poder. Es el alma de la voluntad. Ya me puse romántica, no lo puedo evitar; me emociona escribir acerca de algo que, generalmente es una carga y al observarlo desde otra perspectiva, se puede convertir en un motivo de satisfacción.

Las obligaciones se imponen. Las convicciones se aceptan, se abrazan con gusto.

Con el tiempo este habito de sugerir mentalmente la evolución de obligaciones a convicciones, tiene como consecuencia producir reflexiones y cuestionamientos respecto a las elecciones y decisiones que hemos hecho en el pasado. Esto es comprensible, ya que ambas son el punto de partida de este ciclo.

Por último, quisiera dejar abierta la siguiente pregunta, sin animo de causar congoja: ¿Cuantas cosas han sido amargas en tu pasado, cuando su origen era únicamente la dulce forma que tus deseos y metas iban adquiriendo?

Angela Gualino
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