Permiso para llorar

Angela Gualino
Sep 21, 2018 · 5 min read

Si uno de estos días llegara un ser de otro planeta a preguntarme como se vive aquí en la Tierra, después de hablarle de la deliciosa comida, la belleza de las flores, las sorprendentes capacidades de los pulpos y por supuesto el amor de los perritos, le contaría como funcionamos los seres humanos desde mi perspectiva vivencial; nada de consultar google para contarle los últimos avances científicos, francamente creo que nuestros progresos relativos al conocimiento serían insignificantes para este visitante. Creo que una de las primeras observaciones que le haría al turista es: que a los llamados humanos se nos escapa de vez en cuando un liquido salado por unos pequeñísimos orificios en nuestro rostro, a este derramamiento de fluido lo llamamos llanto. Existe varios tipos de llanto, uno de ellos: el emocional, forma parte de un conjunto de reacciones que experimentamos ante estímulos internos o externos. También le haría saber que por diversas razones -un tanto inauditas, sobre todo si se considera el contexto-, aquí en la tierra no está bien visto llorar y es aun más incorrecto hacerlo en presencia de alguien más.

Quiero suponer que a mi amigo extraterrestre le causaría curiosidad esto del llanto y su censura, así que a modo de ejemplo usaría mi propia historia.

La relación que he tenido con el llanto ha evolucionado con el paso de los años; mis primeras memorias de ello provienen de los 4 o 5 años. En general tengo pocos recuerdos particulares de aquella época, más bien he formado una especie de nebulosa amorfa, con fragmentos rescatados con bastante esfuerzo, de la cual extraigo una noción de quien fui entonces. De este impreciso registro y con la asistencia de mi familia, aparece el recuerdo de ser la llorona de mi clan. En ese entonces, el llanto era un elemento característico de mi pequeña persona; a tal grado que mis primos y hermano me cantaban una canción que adaptaron del jingle de un comercial de muñecas, la tonada iba así: “Angelín, Angelín llora si se moja las pompitas”. Al parecer la cantaban desde que surgía algún signo indicador de que mis ojos se llenarían de liquido.

Desde entonces, no eran solo los niños a mi alrededor quienes tenían algo que decir al respecto; los adultos también sostenían una postura generalmente acompañada de diversos comentarios, el más simple de estos, -que más que comentario era una instrucción-era: “no llores”. Créanme, si la acción que representan estas simples palabras tuviera la misma sencillez para su ejecución, gustosa hubiera seguido la indicación.

El sonido de esas dos palabras y mi imposibilidad de cumplir la instrucción que expresan, constituyeron la base del desprecio que sentí durante muchos años por mi predisposición a llorar.

Considero que para este momento de la historia, mi amigo seguiría sin entender que hay de malo en este liquido que lo hace motivo de burla y censura, pero hacia allá me dirijo.

Las lagrimas emocionales -las pequeñas gotitas que consolidad el llanto del que he hablado hasta ahora- han sido motivo de incontables análisis y reflexiones. Se sabe que los estímulos que las ocasionan pueden ser de naturaleza benéfica o perjudicial. Los que lloramos lo hacemos al sentir alegría, amor, sorpresa, compasión, ira, tristeza, impotencia, frustración. Contando con 35 años de experiencia en la materia, la manera más práctica que encuentro para explicar el llanto es la siguiente: cuando una emoción ya no cabe en el cuerpo, se desboca al exterior en forma de lagrimas. Eso es todo.

Existen un gran número de teorías e investigaciones relacionadas con este tema, algunas postulan que el llanto pudo haber sido uno de los primeros sistemas de comunicación entre nuestros antepasados, de esta manera lograban demostrar lo que les ocurría a nivel emocional. Otras investigaciones afirman que por medio del llanto se generan lazos y se activa la empatía. William H. Frey, bioquímico en el Centro Médico St. Paul-Ramsey, demostró que las lágrimas producidas por una situación dramática además de contener las hormonas: prolactina, adrenocorticotrópica y leucina-encefalina, incluyen

una cantidad notable de cloruro de potasio y manganeso, además de endorfinas. La alta concentración de manganeso en el cerebro se ha asociado con la depresión crónica, la leucina-encefalina funciona como un analgésico natural y la adrenocorticotropina está ligada al estrés y la ansiedad. Lo anterior conduce a la conclusión de que: el llanto puede ser un mecanismo para eliminar el exceso de hormonas y otras sustancias que se producen en situaciones de estrés.

Esto quiere decir, que el llanto es una reacción natural del cuerpo que supone beneficios corporales, mentales y sociales. Entonces, ¿en que punto de la historia humana, una reacción natural se transformó en motivo de vergüenza, símbolo de exageración debilidad, inestabilidad y derrota?

Básicamente, es esta noción social la que ocasiona burla y censura, pero hay algo más: el que llora no solo es portador de una etiqueta que agrupa las características que acabo de mencionar, se dice que también es culpable de causar incomodidad a los que tiene la mala fortuna de presenciar su llanto. Por lo anterior, cuando se presenta la posibilidad de llanto es imperante evitarlo a toda costa (buena suerte con eso) o será necesario esconderse hasta que cualquier indicio de esta “indigna” reacción se haya desvanecido.

No se que piensen ustedes, pero mi marciano imaginario y yo notamos que algo anda muy mal con esta concepción.

Tenía la intención de seguir hablando de mi experiencia relativa al llanto; tengo un sinfín de anécdotas siendo una adulta llorona. Como cuando me encontré en una sala de juntas en presencia de compañeros de trabajo y superiores, aclarando poderosamente y sin tregua mi garganta al percibir que mis ojos se saturaban de liquido. La carraspera artificial que me poseyó después de haber sido humillada por un compañero fue consecuencia de que días antes me dedicara a buscar en YouTube consejos para contener el llanto, según el autor del video con más visitas, ese era uno infalible. No lo fue.

Ahora mismo encuentro más importante invitarlos a que nos cuestionemos ¿Por qué perpetuamos una concepción, que la experiencia y la ciencia nos han demostrado que es incorrecta? Y que además nos restringe de experimentar nuestra naturaleza tal cual es. Comencemos a aceptar el llanto propio o ajeno como algo natural, aprendamos a disfrutar de sus beneficios.

En caso de que ustedes no sean de los que se les desbordan las emociones por los ojos, lo único que tienen que hacer, es respetar esta reacción y ser conscientes de que somos diferentes y que todos tenemos derecho a expresarnos de la manera en la que surja más natural, mientras no dañemos el bienestar o la integridad propia o la de los que nos rodean.

Angela Gualino

Acompañante de exploradores. Promuevo el descubrimiento de nuevas perspectivas y posibilidades creativas.

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