Vivir sin esfuerzo

En enero nuestra casera nos confirmó la decisión. Vendería el piso de la calle 13 en el que Leigh y yo nos habíamos instalado hacía poco menos de un año y por tanto no podríamos renovar el contrato de alquiler en marzo, como esperábamos. Nos daba, eso sí, la opción de comprar el piso. ¿Cuánto? Demasiado. Vivíamos, sin saberlo, en un apartamento de 1,2 millones de dólares.

Comenzamos la búsqueda de otro rincón en Manhattan donde aparcar el sofá, la cama, unos pocos muebles de segunda mano y una colección de libros que de forma inexplicable sigue creciendo a pesar de que casi todo lo leemos ya en pantallas. Pasamos por todas las fases a las que se enfrenta el neoyorquino que debe busca un nuevo alquiler: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. En esta ciudad, que mide el tiempo en contratos firmados, se envejece de golpe una década con cada mudanza.

Leigh y yo decidimos mantener algunos de los lujos a los que nos habíamos acostumbrado en la calle 13, como el portero, el ascensor y un rooftop donde poder tomar una copa de vino o un cóctel disfrutando del atardecer así que por primera vez empezamos a explorar los enormes edificios del barrio de Chelsea y Midtown.

Muchos de ellos se han transformado en lo que empieza a conocerse como full-service buildings, edificios controlados por una compañía administradora que complementa las viviendas con zonas comunes de recreo y ocio. Lavandería, salas de cine, gimansios, áreas de recreo para niños, biliotecas, zonas de trabajo, salas para eventos… todo puede formar parte de la oferta de un full-service y en la lucha constante por atraer inquilinos y subir el precio de los alquileres se puede llegar a límites absurdos.

En un edificio cerca de Macy’s, en la calle 34, los residentes tienen un desayuno continental servido todos los días de diario en la zona común de trabajo, con la prensa del día. A pocas manzanas, en un edificio construido junto a la iglesia de San Francisco de Asis, los vecinos disfrutan de una cancha privada de baloncesto interior. El edificio aloja en las plantas bajas la abadía franciscana, que es la dueña de de los apartamentos. En el distrito financiero encontramos edificios con simuladores de golf, zona con parrillas para barbacoa, cuarto con máquinas recreativas o incluso spas con sauna y jacuzzi.

Cuarto de bicicletas, taller comunal, salas para yoga o ejercicio con instructores personales, servicios de conserjería capaces de reservar una mesa, un vuelo o las entradas para un concierto… a estas alturas lo hemos visto todo. Hemos terminado en un minúsculo apartamento en la calle 24, en un edifico menos extravagante pero con algunos detalles que nos hacen la vida más fácil, como una sala de trabajo común para todos los vecinos.

En EE.UU. la población está abandonando los suburbios y volviendo a las ciudades. Lo hacen sobre todo los jóvenes que, al terminar la carrera, no buscan ya una casa con jardín y garaje donde tener su perro y sus 2,5 hijos sino un apartamento en el que vivir unos años antes de echar raíces. Demandan el estilo de vida que han mantenido en las residencias universitarias y que se extiende hoy en día en muchos lugares de trabajos. Si en la oficina tengo un futbolín, un billar, una nevera llena de refrescos y una sala de cine, ¿por qué no voy a tener lo mismo en el edificio donde vivo?

Los edificios de apartamentos, por tanto, están empezando a transformarse en algo más parecido a un hotel de estancia permanente o, como apunta un amigo mío, a los resorts para la tercera edad de Florida, donde todas las necesidades son atendidas 24 horas por el personal administrativo, donde todo es fácil y las preocupaciones son mínimas.

Ayer la compañía de espacios de trabajo compartidos WeWork anunció su nuevo producto, WeLive. Es un edificio de apartamentos en Wall Street que funcionará como experiencia piloto. WeWork se ha convertido en la oficina de muchos trabajadores freelance o profesionales nómadas, cansados de saltar de Starbucks en Starbucks mendigando la conexión WiFi. Ahora la empresa les ofrece esa misma experiencia añadiendo una cama.

El edificio de WeLive tiene zonas de oficina y recreo, gimansio, lavandería y ofrece a los residentes bebidas gratis, incluidas las cervezas y el café. Una habitación en un apartamento compartido cuesta unos 2.000 dólares al mes, un estudio unos 2.500. Hay cocinas comunes y salas para programar, también salas privadas que pueden reservarse para reuniones. Todo se controla, reserva y paga desde una app. No son precios desorbitados para lo que se suele pagar en esa zona de Manhattan y los apartamentos vienen completamente amueblados.

Pronto abrirán un segundo edificio en Washington DC y si la idea funciona expandirán la oferta a otras ciudades. Pero sería un error pensar en esto como un experimento aislado. Lo que está haciendo WeWork es aprovechar una tendencia cada vez más patente y que posiblemente termine definiendo la vida en las grandes ciudades durante el siglo XXI.