Inteligencia y democracia: cuando la apertura significa debilidad.

En los últimos días hemos visto en la prensa cómo el tema de la ordeña de combustible de ductos de Pemex en el estado de Puebla ha adquirido niveles alarmantes, a tal grado que las instituciones federales de seguridad tuvieron que hacer público (en un ejemplo de una decisión política y mediática, más que estratégica) un video en donde muestran uno de los operativos de vigilancia y ubicación de estos saqueos. Como si intentasen demostrar el poderío del Estado, la prensa hacía enfática la utilización de un dron, así como el trabajo en equipo de las dependencias de inteligencia y seguridad federales. Un intento de mano dura que en el fondo revela el triste estado de los servicios de inteligencia en México.

Toma aérea de una operación de ordeña ilegal de combustible. Fuente: Noticieros Televisa.

Y digo triste porque lo que parece ser una novedad (una fuerza de tarea inter institucional conformada por órdenes presidenciales) en México, en países con instituciones de seguridad sólidas es algo usual e, incluso, ya con sus propias discusiones sobre los alcances de las operaciones conjuntas. Llevamos fácilmente 20 años de retraso en el tema. Sirve entonces preguntarnos: ¿Qué es lo que sucede en México en términos de inteligencia para la seguridad? ¿Cuáles deberían ser las discusiones y los temas estratégicos en términos de servicios de inteligencia?


Pienso en algunas reflexiones. En primer lugar, tenemos la falta de una política nacional de inteligencia para la seguridad que articule todos los esfuerzos y los organismos encargados de ello. Desde luego, esta política requiere claridad en la definición de la amenazas a la seguridad nacional y, con ello, definir papeles específicos para cada instancia del Estado relacionada. Esta ausencia es la que ha permitido múltiples sistemas de inteligencia que en ocasiones, en una dinámica propia de las organizaciones burocráticas, compiten y no cooperan en el proceso de inteligencia. Al final, la falla principal en este tema radica en una debilidad estructural de los sistemas de inteligencia del Estado mexicano.

En segundo lugar, la urgente necesidad de formar cuadros especializados en inteligencia y seguridad, más allá de la inmediata necesidad de cuadros formados en inteligencia criminal. Si bien es cierto que la delincuencia y la violencia propia de ella se han vuelto los problemas más importantes en seguridad, los vacíos de Estado que permitieron el surgimiento de grupos de crimen organizado tienen parte de su origen en la ausencia de procesos de largo plazo operados por especialistas calificados.

Como un ejemplo, es sabido que al inicio del actual gobierno, con la reincorporación del las tareas de seguridad pública a la Secretaría de Gobernación, el encargado de desmantelar a nivel físico la Plataforma México fue nada más ni nada menos que el CISEN. Así, la plataforma de inteligencia criminal quedó debilitada en favor de la plataforma de inteligencia política.

El tercer punto es la poca o nula profesionalización de la autoridades políticas encargadas de los comités u organismos de Inteligencia a nivel directivo. En el contexto mexicano el uso histórico de la inteligencia con fines de control político ha desembocado en que la oposición busque controlar los mecanismos de control técnico de estos sistemas de inteligencia.

En respuesta, los actores del gobierno que ocupan los lugares directivos son, entonces, políticos con experiencia para mantener la discusión con la oposición, o gente de confianza y lealtad comprobada para los políticos encargados de manejar dicho sistema. Como resultado, la idea de profesionalización y formación adecuada para el manejo de estos sistemas se encuentra en segundo o tercer término dentro de los planes políticos de estos actores.


Estas breves reflexiones sirven, desde mi criterio, para fundamentar una propuesta: urge iniciar un diálogo entre gobierno, sociedad civil, partidos políticos, Fuerzas Armadas e iniciativa privada, para establecer los principios de una política nacional de inteligencia, empezando por definir para qué queremos generarla y utilizarla. Hay heridas históricas y aún hay usos políticos oscuros en los aparatos de inteligencia del Estado mexicano; pero evadir la discusión escudado en ellos no hace sino incrementarlos, mientras la debilidad institucional y la violencia crecen agigantadamente. Urge enfrentar a los miedos históricos.