Crónica sobre un playlist fallido.

La primera noche me presumiste tu gusto sobre Los Beatles.

La segunda noche te atreviste a poner una canción de Eminem, viste mi cara de terror y mejor trataste de cantar Angie de los Rolling Stones, lo cual fue peor cuando te dije que ya me la habían dedicado.

La tercera quisiste ser más moderno y tarareaste The Weeknd con Daft Punk, eso me cayó bien y te pasé su nuevo video.

La cuarta me atreví a decirte que mi banda favorita eran los Yeah Yeah Yeahs, volteaste los ojos y dijiste que era música rara y sólo por ardida critiqué tu gusto por Elton John y Rod Stewart.

La quinta yo puse a Ella Fitzgerald.

Para la décima noche, ya habíamos escuchado álbumes completos, incluso intentamos desintegrar las letras de Los Beatles y comprender a Frank Sinatra, quisiste que me enamorara de Elton John mientras yo intentaba que te atrajeran las golondrinas de Paloma Faith pero al menos estuvimos de acuerdo sobre la increíble voz de Lianne La Havas.

La última noche te besé durante “Green and Gold” y de pronto estábamos en otro planeta, donde volábamos sobre los lunares de tus hombros y escalábamos las rocosas historias de tus apodos. Esa noche quise escuchar más música contigo, esa noche quise más noches así. Entonces nos despedimos en la puerta y como en una película romántica, el farol de la calle te iluminó, dijiste adiós y en mi cabeza se comenzó a reproducir “A 1000 times” de Hamilton Leithauser + Rostam; resultó que no eras el protagonista de mi video musical.

Deshecha, subí las escaleras, y a punto de llorar en mi cama, sentí una sonrisa en mi rostro, me alegré al recordar que nunca compartí The XX contigo.