El epílogo y algunas notas

Ang Valenzuela
Aug 8, 2017 · 3 min read

Fragmento de la novela Less, de Andrew Sean Greer.
Traducción: Ángel Valenzuela

Foto (detalle): John T.

El fin de la vida de Arthur Less con Robert coincidió más o menos con la época en que terminó de leer a Proust. Fue una de las experiencias más imponentes y angustiantes en la vida de Less —Marcel Proust, quiero decir— y las tres mil páginas de En busca del tiempo perdido le exigieron un compromiso de cinco veranos para terminarlo. Y durante ese quinto verano, mientras descansaba recostado una tarde en la casa de un amigo suyo en Cape Cod y habiendo leído dos terceras partes del último tomo, de pronto, sin advertencia alguna, leyó la palabra Fin. Su mano derecha sostenía, quizás, unas doscientas páginas más. Pero no eran Proust: eran un truco cruel con el epílogo y algunas notas del editor. Se sintió engañado, estafado, negado del placer para el cual se había preparado durante cinco años. Volvió veinte páginas atrás, en un intento por reconstruir el sentimiento, pero era demasiado tarde. Ese posible goce se había marchado para siempre.

Así fue también como se sintió cuando Robert lo dejó.
¿O quizás habían asumido que fue él quien dejó a Robert?

Igual que con Proust, él sabía que el fin se acercaba. Quince años. La felicidad que da el amor se había desvanecido hacía mucho tiempo y, en su lugar, habían surgido las infidelidades. No se trataban de simples aventurillas con otros hombres, sino de romances secretos que duraban de un mes a un año y que rompían todo a su paso. ¿Estaba poniendo a prueba la elasticidad del amor? ¿Era él simplemente un hombre que había entregado con alegría su juventud a un hombre maduro y ahora, tan cerca él mismo de la mediana edad, deseaba recuperar la fortuna que había despilfarrado? ¿Buscaba el sexo y el amor irresponsable, precisamente todo eso de lo que Robert lo había salvado tantos años atrás? En tanto que las buenas cosas —la seguridad, la comodidad y el amor—, Less las estaba haciendo pedazos. Quizás no sabía lo que hacía, quizás fuera una suerte de locura. Pero quizás sí lo sabía, quizás le estaba prendiendo fuego a una casa en la que ya no quería vivir.

El verdadero fin llegó cuando Robert se fue en una de sus giras de lecturas, esta vez por el sur. Robert le llamó con diligencia la noche de su llegada, pero Less no estaba en casa. Durante los siguientes días, su buzón de voz se llenó de historias, primero, acerca de cómo —por ejemplo— el heno colgaba de los robles como si fuera un vestido podrido. Luego los mensajes fueron cada vez más breves hasta que finalmente dejaron de llegar. Less esperaba la llegada de Robert, de hecho, mientras se preparaba mentalmente para una conversación muy seria. Presentía seis meses de terapia de pareja y presentía también que terminarían con una separación llena de lágrimas. Quizás el proceso les llevara un año, pero tenía que comenzar ahora. Su corazón era un nudo y estuvo ensayando sus líneas como se ensaya una frase en un idioma extranjero antes de llegar al mostrador: “Creo que ambos sabemos que algo no está funcionando”. Cuando al fin sonó el teléfono, luego de un silencio de cinco días, Less contuvo el infarto y contestó: “¡Robert! Por fin coincidimos. Quería hablar contigo, creo que ambos sabemos…”

Pero la voz profunda de Robert se abrió paso por su monólogo: “Arthur, te amo pero no voy a llegar a casa. Mark pasará a recoger algunas cosas. Lo siento, pero no quiero hablar ahora. No estoy molesto. Te amo. No estoy molesto, pero ninguno de los dos es el hombre que solía ser. Adiós.”

Fin. Y todo lo que quedaba en su mano era el epílogo y algunas notas.

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Soy la oveja fucsia de la familia. Escritor.

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