3.

Prendidos como garrapatas nos dejamos llevar por la intimidad de la fría noche, perdiéndonos entre las antiguas callejuelas de la ciudad vieja, él y yo, con la sangre a punto de ebullición y sumidos en esa vorágine descontrolada que causaba el deseo recíproco de nuestros instintos primarios.

Escalón a escalón, beso a beso, nos hicimos camino hasta el tercer piso de su apartamento dejando atrás todo pudor y ropa de camino a la cama, donde los escalofríos se convirtieron en un calor relajador e intenso que sumaban a la deliciosa satisfacción de su cabeza hundida entre mis muslos y el placer de una lengua entrenada y larga como una serpiente.

Su espalda ocultaba una silueta que intentaba rajarle la piel y salir, marcando su cara contra su piel con la mueca de un grito o el intento de hacerse con una bocanada de aire. No podía dejar de mirarle y dudar si realmente existía o la ilusión de vida le daban el constante movimiento de sus músculos trabajados, luchando por salir y rajar la piel que le aprisionaba en el cuerpo de mi fornicador.

Cerré los ojos y nos disolvimos en un ritual intenso de pasión, jadeando y luchando hasta el clímax, ese momento en que explotamos mutuamente y caímos fulminados, él a mi lado y yo al suyo.

- Quédate… - le susurré con mi último aliento.


Me levanté a por un vaso de whisky mientras ella yacía inmóvil y desnuda, durmiendo en la penumbra de la habitación. Afuera llovía a cántaros y un aroma a piedra húmeda se colaba por la ventana entreabierta del living. Me acomodé en el canapé rojo, sin sueño y con una resaca anestesiante a las 2:22 a.m.

Me encendí un cigarrillo y lo disfruté tranquilo, pitada a pitada, sin prisa, bajo la atenta mirada de mi reflejo en el televisor. Me gustaba mucho este yo, especialmente este en concreto: una deformidad de la naturaleza, sin remordimientos y sin escrúpulos, un enfermo sexual sin pasado ni futuro, en busca de gratitudes instantáneas y pasajeras.

¿Para qué complicarse la existencia? Pragmático y de palabras justas, Elías era mi favorito, el que más se alejaba de mi esencia fallida y el que más placer me daba en su interacción perdida e irreverente con el entorno.

Me marché al rato, dejando atrás otra noche vacía y a la luna llena espiando entre las nubes negras, engañada una vez más por mi piel prestada.

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