El ejercicio de contar

Lo que pasa es que me la paso contando gente, tanto que dejé de contar historias. Es el chiste demográfico que me hago a mí misma. Pero abandoné a mi blog compañero desde 2006, sin decirle siquiera adiós.

Hace poco empecé a notar muchas cosas que cambian en la ciudad, empezando por el nombre (¡Hola CDMX!). Soy una persona que siempre se sentará en la misma mesa, que siempre va a los mismos lugares a comer, que siempre se combina la ropa de la misma manera y que si hace cambios los planea. Obsesiva, pues. Quizás mi manera de reaccionar a los caos, siempre ha sido con la falsa ilusión de controlarlos. Hoy la ciudad aparece con edificios por doquier. Más gente por todos lados. (Lo sé, vivo en la peor ciudad si no me gusta la gente. Pero lo había sabido manejar por 8 años.)

Hoy me siento abrumada.

Y algo parecido me pasa no solo con mi espacio físico, sino con mi espacio virtual. Hay voces por todos lados. Gente hablando cosas. Gente que leo. Gente que escucho. Trolls por todos lados. Y me abruma.(Voy a inventar el término “engentamiento virtual”). Que parece que quizás, mi opinión o mi narración de lo más vacuo, no tiene mucho más que aportar.

¿Por qué entonces volver a contar? En realidad, no lo tengo claro. Siempre había pensado que yo era alguien que tenía qué contar. El ego detestable ese de creer que soy especial y puedo decir cosas novedosas.

Pues quizás éste sea un intento más lúdico. Quiero contar cosas porque no tenga cosas qué contar que sean distintas a los demás, sino porque me gusta hacerlo. Punto. Aún así sea un poquito más de ruido en la ciudad, van a disculpar.

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