Otoñando, quesque es gerundio

Ir caminando y ver una lluvia de hojas amarillas. Maravillarse de los colores, rojos, naranja. Como mis árboles flamboyanes de fuego. Es mi segundo otoño otoño. Es decir, de esos que se ven en las postales, o en los dibujitos de cuando uno estudia inglés o de una película en Nueva York donde todo el mundo termina feliz.

El otoño se me hacía lejano. Porque vengo de esos lugares cerquita de las cinturas de los mundos, y donde sólo hay dos estaciones: llueve o no llueve. Yuno sólo pide que lleguen los vientos de octubre y noviembre, que huela a vacación. (Sí, el periodo escolar tipo cafetalero en El Salvador hace que empecemos clases en febrero y se acaben en octubre-noviembre, alguien tiene que cortar el café que nos tomamos).

Cuando llegué a México hace 8 años, me asombré de los cambios de temperatura y tener algo similar a un otoño. El otoño no es que más una idea, me decía en algún poema en 2006. De repente, ya no lo era. Pero hoy, sé que aún podría el otoño otoñarse más.

El año pasado vine por primera vez a esta zona de montañas rocosas. En un lugar donde las rocas se ven marrones, y los lugares tienen nombre en español y en inglés como Table Mesa, sí, así se llama a menos de diez minutos de donde escribo. Y encontrarme estos colores. Caminar y que haya sol y vientos, remolinos de hojas. Cerrar los ojos, y polvo, y las hojas y más y más. No pasa nada. Estornudo. Hace sol, no pica tanto como el sol citadino y hasta sé que no pasa nada por no andar el factor UV diario de 50.

No pasa nada. Los vientos me tranquilizan. No pasa nada. Como en vacaciones. Como una niña esperando salir a jugar.