El passadís
Eu morei em Barcelona. Eu vivi em Barcelona. Depois do choque e de sua má digestão, quero, eu também, somar-me aos que falaram da Rambla. Assim, como que rastejando, catando com dedos e saliva as migalhas do Lorca, me atrevo.
Num agosto quente, sem que ninguém previsse os descalabros e as maravilhas assombrosas que a década seguinte traria — talvez alguém previsse, vá lá, mas os nossos vinte anos não nos permitiam ver o tamanho da sombra que se aproximava — num agosto quente, caminhávamos aqueles quarteirões entre o colombo e a tallers.
Destemidos e invencíveis na madrugada, com a segurança de quem anda do quarto de dormir até a cozinha, nós tropeçávamos, ríamos, falávamos alto. Éramos nada no meio do cheiro de fim de festa. Eu e as caróis, o mexicano amigo-de-uma-amiga, os italianos que andavam em bando, las dos chicas (o más bien “les noies”) catalanas que moravam em L’illa e só desciam àquela parte da cidade porque os intercambistas (os erasmus) insistiram molt, as prostitutas tailandesas, as chinesas incansáveis atrás das vitrines apagadas das lojas de cacarecos, o infalível turco do infalível kebab, o mosso d’esquadra mal-humorado com o plantão: todos íamos à Rambla para viver. Viver e esperar o nitbus. Tinhamos raiva do lixo dos turistas e largávamos garrafas vazias na sarjeta, não tínhamos dinheiro e barganhávamos souvenires inúteis ou cerveja paquistanesa. Os mossos só viravam os olhos: a Rambla era o lugar para se viver. Uma amiga já dormiu uma noite inteira em um daqueles bancos. Um amigo já se apaixonou pela tailandesa mais convincente. Na frente do liceu, eu já chorei de saudade de casa. A impressão era a de que tudo o que acontece de madrugada acontecia ali naquele corredor.
De dia, não. De dia, a Rambla era teatro e pirotecnia barata. De dia, o zurich servia de ponto de encontro e só: jamais descíamos o corredor até o colombo, desviávamos da turba pela bergara e ufa. Mas daí a gente envelhece, cede à ternura, lembra e percebe que até os gringos vermelhos comedores de paelha congelada a preços abusivos estavam ali para viver — viver e almoçar em Barcelona.
Dez anos depois, num agosto gelado, a morte imprevisível afronta a memória.
A las floristas de La Rambla de Barcelona
FEDERICO GARCÍA LORCA
Señoras y señores:
Esta noche, mi hija más pequeña y querida, Rosita la soltera, señorita Rosita, doña Rosita, sobre el mármol y entre cipreses doña Rosa, ha querido trabajar para las simpáticas floristas de la Rambla, y soy yo quien tiene el honor de dedicar la fiesta a estas mujeres de risa franca y manos mojadas, donde tiembla de cuando en cuando el diminuto rubí causado por la espina.
La rosa mudable, encerrada en la melancolía del Carmen granadino, ha querido agitarse en su rama al borde del estanque para que la vean las flores de la calle más alegre del mundo, la calle donde viven juntas a la vez las cuatro estaciones del año, la única calle de la tierra que yo desearía que no se acabara nunca, rica en sonidos, abundante de brisas, hermosa de encuentros, antigua de sangre: Rambla de Barcelona.
Como una balanza, la Rambla tiene su fiel y su equilibrio en el mercado de las flores donde la ciudad acude para cantar bautizos y bodas sobre ramos frescos de esperanza y donde acude agitando lágrimas y cintas en las coronas para sus muertos. Estos puestos de alegría entre los árboles ciudadanos son el regalo del ramblista y su recreo y aunque de noche aparezcan solos, casi como catafalcos de hierro, tienen un aire señor y delicado que parece decir al noctámbulo: “Levántate mañana para vernos, nosotros somos el día”. Nadie que visite Barcelona puede olvidar esta calle que las flores convierten en insospechado invernadero, ni dejarse de sorprender por la locura mozartiana de estos pájaros, que, si bien se vengan a veces del transeúnte de modo un poquito incorrecto, dan en cambio a la Rambla un aire acribillado de plata y hacen caer sobre sus amigos una lluvia adormecedora de invisibles lentejuelas que colman nuestro corazón.
Se dice, y es verdad, que ningún barcelonés puede dormir tranquilo si no ha paseado por la Rambla por lo menos una vez, y a mí me ocurre otro tanto estos días que vivo en vuestra hermosísima ciudad.
Toda la esencia de la gran Barcelona, de la perenne, la insobornable, está en esta calle que tiene un ala gótica donde se oyen fuentes romanas y laúdes del quince y otra ala abigarrada, cruel, increíble, donde se oyen los acordeones de todos los marineros del mundo y hay un vuelo nocturno de labios pintados y carcajadas al amanecer.
Yo también tengo que pasar todos los días por esta calle para aprender de ella cómo puede persistir el espíritu propio de una ciudad.
Amigas floristas, [con] el cariño con que os saludo bajo los árboles, como transeúnte desconocido, os saludo esta noche aquí como poeta, y os ofrezco, con franco ademán andaluz, esta rosa de pena y palabras: es la granadina Rosita la soltera.
Salud.
