El miedo es miedo (casi) siempre

Cuando era pequeña mi madre siempre señalaba un portón diminuto en la esquina de la calle de mi casa en Tarragona. Allá vivía alguien. Alguien que seguramente era nadie pero que hacía que camináramos derechas y “sin chistar” hasta llegar a casa. No había historia. El portón era portón en el mismo momento en que cruzabas por enfrente y un día más seguías caminando.

El miedo funcionaba de manera excelente. Jamás comprendí aquell@s que hablan con frases como “que no te paralice el miedo”. Si el miedo fuera un trabajad@r sería un@ de los mejores trabajadores. Sería el trabajad@r del mes todos los meses. El compañerito o compañerita que siempre destaca. Tu figura más admirada. Su único trabajo es paralizarte. Hacer que te pienses las cosas, evitar que taches de tu lista de pendientes para que se los leas algún día a tus niet@s por aquella mala costumbre de proyectar en los demás.

Mi abuela tenía 17 años cuando fueron a buscarla a casa. Cuando tenía 12 portó la bandera republicana en el entierro de su padre. Ese fue su delito. Fue presa y salió. Siguió caminando. Cosiendo y viviendo. Pero no habló jamás. El miedo hizo su trabajo y su voz quedó quebrada para hablar. Y su historia que fue historia para su familia, no fue historia para nadie. Ni para sus compañeras de los hospitales de campaña. Ni para aquell@s a quienes amputaban mientras mordían algo con que acallarles el grito desesperado. En ese silencio, el miedo también hizo su trabajo.

Tenía 21 años cuando me enfermé. De repente un día, Nacho, que era mi novio por aquel entonces, me levantó tapándome los ojos, como quien va a sorprender a alguien. Durante una tarde colgó de las paredes y también en las puertas de los armarios carteles hechos a mano que me recordaban razones por las que levantarse merecía la pena. Y allá estaba, justo a mi lado izquierdo en la puertita del armario de las toallas, la frase que me recordaba que ser tía iba a ser lo mejor del mundo. Poco lloré aquel año de espejos rotos. Cambié el lloro por vomitar. Me lo vomité todo. Todo lo que fuera necesario, hasta un no poder más. Recuerdo noches enteras aguantándome las arcadas. Hice un máster en no sacar nada por la boca a no ser que fuera estrictamente necesario. En eso y en maquillarme a las corridas por las calles del Eixample de Barcelona sin mirarme en ningún escaparate.

Ahí, en cada silencio de labios morados, el miedo hizo también su trabajo.

Mi psicóloga francesa se fue de vacaciones cuando cumplí 28 en Nicaragua. Me dejó envuelto con un hilito, un papel con médicos que podían atenderme mientras que estaba en París. La misma sensación que cuando alguien te engaña. Yo no quería dejarla de querer como terapeuta y ella se estaba marchando, porque los terapeutas son personas y no sacos de boxeo. Me enfundé mentalmente los guantes para decidir quien iba a ser el próximo en atender mis torturas en una lista donde la última intentaba siempre ser yo. Básicamente porque esa lista se quedaba vacía al menos 22 horas al día y me ponía como protagonista de una “red carpet” que yo jamás busqué. En Managua los descansillos médicos tiene esas hermosas mecedoras que comprabas de camino al Oriental. Y los médicos son médicos. Te abren la puerta, te invitan a sentarte y a que les cuentes tu historia. Cuando terminabas abrían un cajón enorme de psicofármacos que te recordaban a tu andar de medio metro nocturno a ese rincón del armario donde apilabas la medicación de un año.

Y allá entre recetas y algunas dudas ante el abismo, el miedo hacía de miedo cuando cada vez que regresaba a casa pensaba que sin saber qué significaba estar harto de uno mismo, no debía ser muy diferente a ese palpitar acelerado, esa espalda encorvada y esa sensación de “comencemos otra vez”.

Durante 2016 me diagnosticaron baja reserva ovárica. Con Matias decidimos que queríamos ser madres. Conté los 16 estudios que me hice en el año y reafirmo que los sofás de la sala de espera de IADT en Buenos Aires son tan cómodos que era una fiesta pensar que tenía 100 números enfrente. En casa tengo un sofá tan horrible que hace tres años vengo diciendo que lo tengo que cambiar, pero como mi última referencia es mi sofá de Nicaragua, cedido por mi jefa antes de partir a Bangladesh y que únicamente usaba como dormidero de su pastor alemán, lo termino mirando con ternura y diciéndole “si es que no estás tan mal”. Retomando. En 2016 nos dijeron que eso de embarazarse en las Vegas una noche de borrachera no iba a sucedernos precisamente a nosotros. Mi médico es un tipo gris, muy acorde a su herencia catalana. Directo y sin escalas te da un diagnóstico con el que te vas a tu casa en taxi porque los días de diagnóstico y al sol ameritan un mimo. Aunque no tengo de todo claro que subirse a un taxi lo sea. Ese trayecto es abrumador. Tu misma te eres abrumadora. Me pregunto en qué momento todo los estereotipos que discuto se manifiestan y te encuentras en una lucha encarnizada al estilo Tetrix donde ubicar las piezas cada vez es más difícil.

Y allí, yo mirando por la ventana intento no mandar un audio de voz que nacido del miedo grita “menuda cagada”.

El miedo funciona de manera excelente. Si el miedo fuera un trabajad@r sería un@ de los mejores trabajadores. Sería el trabajad@r del mes todos los meses. El compañerito o compañerita que siempre destaca. Tu figura más admirada.

No consigo recordar mis 21 años porque la mente esa sabia y archiva todo en ese spam que no revisarás jamás. Tampoco como llegué a la mecedora de ese médico nicaragüense que anotaba en una libreta verde y ponía caras de sorprendido. Ni del día del taxi.

Solo sé que el portón nunca dejó de ser portón y que mi abuela salió, siguió cosiendo y viviendo. Y con eso siento que me basta para dar puntadas en la vida, manteniendo la fila derecha, porque para saludar en el infierno siempre hay tiempo y al igual que nos falta una vueltita de horno, lo de rendirnos no vendría incorporado de serie en la familia.

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