En la tranquilidad de la noche contemplo el sonido del silencio.
La luz de la luna se cuela por la ventana y observo una parcialidad de mi cuerpo como si fuera ajeno a mí. Calculo el espacio y la forma en la cual acomodar las cosas; organizar o morir.

Una planta por allá, 
una alfombra a los pies del baúl
al lado de la biblioteca, 
un sillón donde aquel cuerpo extraño yace.
Dos lámparas ubicadas simétricamente, 
y otro par de estrellas por allá, 
dispuestas aleatoriamente en el cielo,
cerca 
y a la vez lejos de la luna.

Entonces me doy cuenta de que a mi escena le falta algo. Otro cuerpo extraño.
Mi abuelo solía decir
"no existe la incapacidad, sólo cosas mal acomodadas".

Otro cuerpo extraño.

Conseguimos uno.

Mis asistentes (si es que acaso los tengo) bucaron por todos lados. Aunque nada de día y noche, lo suyo es cosa de instantes. Sin embargo encontraron la "ideal".

Fallaron.

No podía despedirlos.

No creo estar seguro, ni siquiera, de estar dispuesto a aceptar barajar la posibilidad de desafiar aquello que me hace cuerdo,

¿quién, en su sano juicio, despide la inexsistencia?

Por eso existen. Y algo encontraron.

Fallaron porque aquello era mucho más que un cuerpo.
Podía acomodarlo, 
acomodarlo puedo todo.
Lo hice.
Pero ahí, en ese pequeño espacio que había entre el cuerpo extraño y el respaldo del sillón, allí cabía el otro con justa medida. Una justa medida, que de increíblemente justa también tenía todo de espeluznante.

El delicado cuerpo de la joven se acopló a la otra figura y como un rompecabezas encastraron. Mientras tanto, en el momento en que comencé a observar específicamente aquello con ojo crítico mi corazón comenzó a palpitar bruscamente.

Desaforadamente.

El ritmo era acelerado,
el sonido ensordecedor.
Lo anterior
inexistente, 
el silencio no sonaba.
Mis sienes dolían.

Cada latido era un campanazo, y no podía escapar; escapar era morir.

Pero el mundo era demasiado caótico.

El mundo me necesitaba para acomodarlo.

Pero vivir por eso ya tampoco podía; el caos se extendía desde mi pecho y estómago hacia las extremidades; mi mente parecía nublarse y el ruido se incrementaba.

Dentro de aquella falta de nitidez un destello: el sonido del silencio había sido quebrantado, pero equivocado estaba si decía, que la única solución era morir.

Ella también debía morir.

Tun.
Tun.
Tun.
Mirarla me provocaba calor.
Tun. Tun. Tun.

Su compañía generaba ansiedad.

TunTunTunTunTunTun,
¡no me dejaba pensar claramente!

Ya no estaba fuera,
formaba parte;
encastrábamos.

Dejé que en ella lo vivo muriera.
Dejé que junto al caos sangre se expandiera.

Aquellos sí eran dos cuerpos extraños.
¡Ah! Y "la ideal".

Todo se despejó. Y ahora sólo puedo pensar:

"No, todavía no ha quedado todo en su lugar".

Y contemplo el sonido del silencio.

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