Microcuento 86

La odio. La odio porque la admiro, porque ella sí tuvo los tamaños para mandarlo a la chingada a la primera de cambio. Así es esa mujer, una mujer de lujos, y como ese, muchos otros se puede dar. En cambio yo, tuve que conformarme con la corona de cuernos, con las migajas del amor que ella desechó y con la eterna y culera duda. Para colmo de mis desgracias, he vivido siendo la ridícula botarga del personaje que ella a diario vive. Lo reconozco, de mil maneras he intentado parecerme a ella para que Ramiro no la extrañe, no la idolatre como sé que lo hacía. Ambos somos unos idiotas, unas marionetas en manos de un Geppetto que no nos ha vuelto a mirar.