De cómo decidí crear un blog que probablemente nadie más que yo leerá.

2015, octubre ocho.

Desde muy pequeña creaba historias y me inventaba vidas que no tenía, como la que supuestamente compartía con mi esposo de apellido Toro y los cincuenta y dos hijos que tuvimos juntos después de graduarme de dos carreras que había hecho en la Universidad de Antioquia y en la Nacional. El chico menor se llamaba Alejandro, la mayor Claudia, y la existencia de esa familia ficticia, no fue cosa de un día; fue de un par de años a lo largo de los cuales hice reír a mi familia a costa de mi infantil ocurrencia y de los detalles que poco a poco iba añadiendo conforme el tiempo pasaba: un día Claudia se iba de intercambio, otro me operaba para no tener más hijos (cincuenta y dos eran suficientes), después uno de ellos entraba a la guardería, al tiempo me divorciaba, y así... En otras ocasiones le empezaba a contar a papá cuentos inventados de niños absurdamente adinerados mientras él preparaba jugo de naranja los domingos por la mañana; o secaba a mi pobre hermana -con quien compartía habitación- con historias que se me iban ocurriendo cuando no podía dormir, y ya desde entonces conocí la indiferencia ante mis creaciones cuando en uno de los cursos cuatro mil doscientos ochenta y tres nudos de la historia descubría que mi hermana había sido vencida por el sueño y ya dormía.

También escribir me ha fascinado desde que aprendí a hacerlo, pero jamás me he sentido realmente satisfecha con el resultado. Mi mamá sí está muy orgullosa de mis producciones textuales, pero ella no cuenta por una razón que ustedes ya habrán advertido: es mi mamá. Por otro lado, hay una condición que en este caso comparte con el resto de los mortales y que no le permite opinar al respecto, y se trata de que hace mucho tiempo no ve algo que yo haya escrito. Cuando era pequeña sí le mostraba mis cuentos e intentos de novelas (que jamás lograba terminar). Y no solo a ella, sino a todos los miembros de mi familia que estuvieran dispuestos a escucharme (porque me gustaba ser yo quien les leyera). A medida que crecía me fui llenando de reservas, y dándome cuenta de que lo que yo escribía no era tan bueno, o quizá directamente malo, cada vez era más limitado el grupo de personas que podía ver lo que se me ocurría poner en papel. Ahora ese círculo lo conforma solo un ser humano: yo (o sea que es más bien un punto).

¿Entonces por qué me estoy exponiendo a que cualquier persona con acceso a Internet pueda leerme?

Para empezar, diré que llevo más de dos años con una cuenta de Twitter que no supera los cien seguidores. Lo menciono para ilustrar el nivel de impopularidad que me caracteriza. De algún modo me refugio en eso y me hace estar muy segura de que nunca nadie pondrá en su barra de navegación medium.com/@antiefemerides intencionalmente. No planeo contarle a nadie conocido que tengo un blog. Y en Internet, como en buena parte de mi vida no virtual, paso desapercibida, así que el «No» a la lectura de mis entradas ya lo tengo. Ahora toca apostar, así sea con toda la inseguridad del mundo, por el sí. Hay una cantidad inmensa de blogs alrededor del mundo y este, probablemente, caerá en mi propio olvido cuando me canse de tener que encender un dispositivo electrónico para escribir algo que no va a ser leído más que por mí. En ese sentido sigo siendo más de tinta y papel que de teclas y pantalla.

La idea de crear este espacio venía rondando por mi mente desde hacía un tiempo, y como los caprichos son caprichos y nada mejor que darse el gusto de ceder ante ellos, preferí liquidar el tema de una vez creando el maldito blog para que pueda cansarme de él pronto y así dar por terminado el asunto. Solo estoy a unas cuantas palabras, cuatrocientas treinta y siete releídas y un clic de dar verdadero comienzo a esto. Deséome suerte.

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