15 Mayo

Lunes

Amanece lluvioso y hacemos uso de chubasquero y su capucha para pasear hasta la guardería y dejar a Catalina — el paraguas no llega a ser necesario, andamos por debajo de árboles ya frondosos que no dejan que las gotas lleguen al suelo. Después nos montamos en un coche de alquiler con sillita de bebé prestada y llevamos a mis hermanas al aeropuerto, dejarlas allí en vez de que salgan de casa para coger un autobús que las lleve a la terminal resulta redondo, una despedida de verdad, las últimas charlas en el coche, los últimos abrazos escuchando aviones despegar, la perspectiva desde mi mano a las suyas que se pierden en la cola de seguridad, un contexto que ayuda a cerrar la visita en condiciones. Dejan un vacío sólido, como la nube gris que se apoltrona sobre nosotros en el camino de vuelta al centro, sin descargar gota, pero espesa e infinita. Un rompecabezas de huecos redondos y piezas cuadradas, una habitación con las marcas en la moqueta del peso de los muebles que durante años han caído sobre ella y que ahora, embutidos en un camión de la mudanza, tratan de convencerse a sí mismos de porqué sus dueños cambian de casa, pero no de muebles. Los edificios altos de la ciudad se divisan perfectamente desde una de las curvas de la M11, silueteados de gris oscuro a pesar de la claridad: a la izquierda Canary Wharf y más a la derecha la City y la torre de BT solitaria más al oeste, no llegan a definirse más, se pierden en la siguiente curva, como la presencia de mis hermanas, un recuerdo alegre que nos durará hasta la siguiente visita. Por la tarde el sol aprieta o la nube afloja, hay más luz, más viento, aunque un chirimiri de última hora nos obliga a meter la ropa tendida en la terraza antes de tiempo, antes del anochecer.

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