22 Febrero

Miércoles

Aun no me había llegado el café al estómago e iba tarde a trabajar, cuando un coche se ha abalanzado sobre la bicicleta que iba delante de mí y le ha hecho poner los pies en el suelo para evitar caerse. Ha sido en Thornhill Road, justo en frente de un colegio en el que, menos mal, ya habían entrado todos los niños. No creo que el conductor lo haya hecho por las buenas, cuando he llegado a su altura abría la puerta lanzando improperios sobre el ciclista, pero su estado de nerviosismo era tal, que intentaba salir del coche con el cinturón de seguridad puesto. Rebobinando un poco, el ciclista habría dicho algo o hecho algún gesto que habría hecho saltar la chispa en los ojos ya rojos del conductor, y avivando un cabreo que venía de antes, pero en ningún caso, este debiera tomar venganza usando su vehículo como arma arrojadiza sobre un ciclista. Jamás. Yo tampoco soy una persona de mañana, pero la ira hay que saber canalizarla bien, y por eso he seguido mi camino con los gritos a mi espalda, cada vez más difuminados con los píos de los pájaros que observandesde arriba. En estos días anda también un video compartiéndose por la red donde se ve a unos trabajadores de furgoneta blanca en el centro de Londres, haciéndose peligrosamente los machitos hacia una ciclista — cuando ellos desisten y ella ve su momento de superioridad, se abalanza sobre el retrovisor y lo arranca tirándolo en el suelo, y rápidamente sale pedaleando, dejando a los neandertales estrellados en su asombro. Resulta que el vídeo es ficticio, lo han producido para conseguir viralizarlo y hacer dinero en Internet. Al salir de la oficina oscura ya, la lluvia invisible me acompaña hasta casa, una cortina fina de agua que se aprecia solo contra los faros de los coches, como la luz del sol contra el humo de un cigarro escondido en el cobertizo del jardín. Una capa de agua transparente a penas perceptible me cubre y gotea cuando entro en casa y me quito los zapatos.