25 Febrero

Sábado

Mi suegra se ha ofrecido para cocinar toda la tarde a la hora del desayuno. Sus visitas se basa en ser nuestra sombra, no quieren hacer más plan que el que hagamos nosotros, e intentar ayudar en la casa — para eso venimos, insisten. Intento erróneamente, cada vez, animarles a descubrir algún rincón nuevo de la ciudad, algún programa peculiar, y cuando lo hacemos, tienen siempre preparada una comparativa mejor y acompañada de la misma coletilla — ¡qué monos los niños! Hoy hemos ido, con los paraguas cerrados, a la Union Chapel a los Daylight Concerts — han puesto electrónica tranquila, muy suavita, perfecto para asistir por primera vez, mis suegros, a un concierto en una iglesia que no sea un coro musicando pasajes de la biblia. No les ha hecho mucha ilusión, hemos salido sin más y hemos caminado hasta el restaurante donde habíamos reservado — Primeur — . El menú es variado pero clásico, vinos naturales, un ambiente tranquilo y una comida hecha con gusto. Tampoco ha habido muecas de satisfacción ni palabras de desaprobación. Únicamente comentarios sobre los niños a lo largo del almuerzo… No sé de qué hablaríamos sin ellos — recuerdo aquella vez, que nos miraron muy seriamente, hace unos años, durante una sobremesa, y nos preguntaron que cuál era nuestro plan, que si nos casábamos o teníamos un hijo, que nuestra relación se estaba estancando y era necesario avanzar al siguiente nivel. Yo me levante de la mesa, dejé mi servilleta engurruñada al lado de mi plato de postre y les espeté — ¡mi vida no es un videojuego! — y me fui a dormir la siesta.

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