29 Enero

Domingo

No recuerdo cómo fue el tiempo este domingo, creo que fuimos a dar un paseo, a tomar un café. Este domingo de finales de enero se vio eclipsado por el acontecimiento al final de la tarde —me encontraba tendiendo la ropa con mi hija jugando a mis pies, cuando una de las pinzas con las que jugaba de desbarató y la pieza metálica que las une fue a para a su garganta.

Primero intentó incorporarse agarrando mi pierna — yo aun no me había percatado — después consiguió gemir papá entre toses y arcadas — yo me agaché a ver qué pasaba y localicé por casualidad las dos partes de plástico de la pinza de tender sueltas y tiradas en el suelo. Otro papá y otra arcada. Le costaba respirar. Entonces comprendí. La agarré por la cintura y la coloqué a horcajadas en mis rodillas, con la cabeza hacia abajo, y empecé a golpearle la espalda. Y a gritar a mi mujer que llamara a una ambulancia. La levanté, la coloqué de pié en la mesa del comedor. Seguía teniendo arcadas e intentaba respirar — salía mucha saliva de su boca, a borbotones, su aparato digestivo intentando proteger aquel intruso en su garganta. Intentaba decir papá entre respiración y respiración. Escuchaba a mi mujer llorando de fondo y comunicándose ya con alguien al teléfono. En ese momento cogí la cabeza de mi hija con una mano en la nuca y con la otra empecé a meter los dedos en su garganta. Lágrimas salían de sus ojos rojos. Resbalaban por sus cachetes rojos. Seguía teniendo arcadas y trataba de respirar. Toco su glotis. Toco la pieza metálica pasada la glotis. Le da una arcada más grande y se agarra con sus dos manos de mi brazo. Papá… Saco la mano de su boca. La cojo en brazos y la pongo cabeza abajo para golpearle en la espalda otra vez, la vuelvo a levantar. De pronto ya respiraba normal, abre los ojos más de la cuenta un instante, traga, ya no tenía arcadas, rompió a llorar asustada y se abrazó a mí con fuerza. Se la había tragado. Calma. Mi mujer seguía llorando y dando nuestra dirección a la teleoperadora de ambulancias — Se la ha tragado, se la ha tragado, ya pasó, ya pasó — le repetía yo a mi hija y a mi mujer con el mismo tono de voz — lo peor ha pasado, ya ha pasado. Es entonces cuando escuchamos al otro bebé llorando en su habitación — se había quedado solo y demandaba compañía. Al rato llegó la ambulancia y tras chequear a mi hija ya calmada en mis brazos, nos mandan en taxi al hospital para hacer una radiografía y comprobar si realmente se había tragado la pieza metálica, y en qué estado y posición se encontraba. En el camino al taxi intento valorar si es preciso avisar a la familia de lo ocurrido por medio de un mensaje, pero cuando lo iba a mandar, llegamos a la puerta de urgencias y lo borro — mejor informarles cuando tengamos un diagnóstico claro. La visita al hospital es, con todo, bastante fugaz — tratan el caso con agilidad y en media hora estamos reunidos con un equipo de médicos y una radiografía del cuerpecito de mi hija con una pinza en el estómago en la mano. Todos comparten que la opción más sensata es esperar a que la pieza metálica siga su curso natural y pase sin problemas por su aparato digestivo envuelta en desechos hasta defecarla — a estas alturas, intervenir quirúrgicamente para extraer la pieza es demasiado traumático e innecesario. Nos volvemos a casa en otro taxi — la lluvia invisible aparece en cara ráfaga de luz — contentos y a la vez preocupados con la tarea de observar cualquier anomalía en la actitud y estado de la niña. Les cuento a todos lo ocurrido en un mensaje. Curiosamente, todos dormimos muy bien. A la mañana siguiente, en la primera caca de la mañana después de desayunar, el trozo de metal aparece en el pañal de mi hija de casi dos años.

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