30 Marzo

Jueves

Hoy brilla un sol que todos querrían por varios días consecutivos — un deseo típico de día de sol en Londres — o al menos una horas, varias. Y para celebrar, hemos comido en una terraza de un pub detrás de una iglesia y delante de un edificio que están echando abajo, menos mal que ahora incorporan una manguera de agua a la punta de la taladradora para evitar que el polvo invada todo al rededor. Lo que sí ha invadido nuestro espacio ha sido el ruido y hemos tenido que elevar la voz entre bocado y bocado, entre sorbo y sorbo. Southwark se está convirtiendo, poco a poco, en el sur deseado — por algunos — poderosas franquicias y edificios de oficinas se han mudando, de un tiempo a esta parte, al interior de este humilde barrio de antiguos estibadores y comercios locales. El aburguesamiento de muchas zonas de Londres — la gentrificación — hace estragos, le pinta coloretes a una ciudad, olvidando quitárselos por la noche antes de dormir, un embellecimiento pasajero y superficial, vacío, de chapa y pintura, que cada vez agrieta más el alma de los barrios, predicando una globalización vacua, sin gluten, con cada vez menos azúcar, esclava del parné, látigo de lo intrínseco, desagüe de la idiosincrasia y títere del poder.

Hoy además, ha sido mi último de día de trabajo hasta el 3 de julio — estoy oficialmente de baja por paternidad. En el paseo de vuelta a casa aun me daba el sol de costado subiendo las calles de Islington casi repletas de sakuras blancas y rosas.

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