4 Abril

Martes

Mi segundo día de baja extendida por paternidad pinta parecido al anterior en temperatura, aunque no en color. Nos permite el paseo mañanero a la guardería de mi hija mayor con no más que una chaqueta fina, pero sin gafas de sol. Amanece a las 6:30 y la luz del sol hacia las 8:30 es potente y enérgica, incluso detrás de la nube blanca. A la vuelta, damos un rodeo por el vecindario para chequear nuevas flores ya abiertas y algún que otro comercio incipiente del que yo no era consciente. La colada es necesaria cuando no llueve, y la terraza del primer piso me permite tender al aire libre mientras que el bebé se echa la siesta de la mañana. Mientras busco por internet posibles carritos para llevar a los niños tirados con la bici, mi hijo despierta, comemos al medio día y nos vamos a dar un paseo más grande. Esta vez exploramos vecindarios más allá de nuestro código postal — un café en un café, una fruta en el banco de un parque, otra siesta bajo una mimosa en explosión. Así hasta las 5pm que llega mi mujer de trabajar, y nos vamos los tres a recoger a nuestra hija de la guardería. Entonces paseamos hasta el parque infantil bajo la torre del reloj, nos tiramos por los toboganes, nos compramos un helado, empujamos a otros niños que comparten columpio, corremos y brincamos, y sobre las 6:30 nos vamos a casa a preparar la cena de los pequeños. Esta discurre entre juegos, llamadas a la familia por videoconferencia y algún que otro pataleo. Baño, pijama, bibí y a dormir. A las ocho y media se vuelve a hacer la paz en nuestra casa, es como volver a ser novios, tomamos una cerveza, hacemos el amor, preparamos nuestra cena, hablamos de nuestro día — hasta justo antes de la media noche que el bebé exija la teta de su madre a viva voz. Y otro día más a punto de comenzar — bendita rutina, que diría mi padre.