4 Junio

Domingo

Nos levantamos con la mañana para ir al aeropuerto. La claridad empieza a empapar las calles ya, el sueño las paradas de autobús, llenas de gente que va. Que viene. Es la primera mañana del verano, aunque el calendario aun no lo certifique. Qué es el verano en esta ciudad, me pregunto. Hoy los pájaros pian con razón, el cielo llenándose de celeste y una aureola anaranjada rodeando el horizonte bajo, expectante por la salida del sol, como nosotros desde el coche que nos lleva por la M11 dirección noreste. El sol inminente, las sonrisas de nuestros hijos a punto de estallar, los rayos de sol ya despuntan dejando atrás al alba y la hora mágica de un día nuevo, más largo que el anterior en su escalada hacia el solsticio de verano y diferente a todos los demás, como premonición de lo que nos espera al otro lado del finger, más allá de la pista de despegue, atravesadas las nubes altas, sobrevolado el canal de la Mancha. El cielo azul de esta mañana intentaba arrancar con todas sus fuerzas la sensación de verano enterrada profunda bajo nuestra dermis, y que se convertiría en real a pocas horas de vuelo de Stansted. Pero aun no. Aun teníamos que chequear dos maletas y un carrito de bebé. Aun teníamos que pasar el control de seguridad y comernos un bacon roll grasiento sentados en la única esquina libre que quedaba en el aeropuerto a las 6 de la mañana. Aun teníamos que tirar un medium latte, que hacía equilibrios sobre bolsas de pañales y toallitas húmedas, por las escaleras mecánicas, y actuar como si nada ante la mirada de una infinita fila de lo que en otro país hubieran sido turistas volviendo de vacaciones, pero que aquí son inmigrantes buscando un paréntesis en sus vidas bajo este gris. Aun teníamos que despegar, que despegarnos de la epidermis la rutina urbana de esta metrópolis mate que jugaba con nuestros sentimientos esta mañana de camino al aeropuerto, ofreciéndonos de buena fe un amanecer glorioso para quedar en nuestra memoria como último recuerdo antes de las vacaciones, para ayudarnos, quizás, frente al regreso en una semana, para que no se vuelva tan amargo, o al menos hasta que la luz de abróchense los cinturones se encienda antes de que comience el aterrizaje (forzoso). Gracias Londres, ahí le has dao.

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