8 Marzo

Miércoles — Metro de ida al trabajo y autobús de vuelta

¡Mierda! Llueve suavemente sobre el capó del coche aparcado frente a la ventana de la cocina, apenas produce un sonido— Catalina ya se está abrochando el casco para salir de casa, pero tengo que explicarle que hoy iremos bajo el paraguas mientras envío un mensaje a mi jefa avisándole de que me retrasaré un poco. Nos entretenemos en el camino a la guardería haciéndonos fotos reflejados en los charcos y saltando sobre ellos y aunque llegamos más tarde de la hora del desayuno, Jessie insiste en darle otra tostada a Catalina.

De cuando en cuando es refrescante montarse en el metro, quizás no sea esa la palabra; novedoso, entrañable, cómodo, agradable, divertido, anestésico, especialmente si es ya pasada la hora punta — la tranquilidad del que puede llegar más tarde al trabajo, o el que goza de una oficina remota, el paraíso del freelance, quizás — el aire dentro de los vagones se respira mejor. La distancia entre pasajeros incita a otro tipo de juegos, miradas, sonrisas, buenos modos, cabelleras brillantes al viento, y no empujones, trenes que se van, sudores, caras apresuradas pegadas a las pequeñas pantallas y melenas sin secar. Al salir en mi destino, London Bridge, la lluvia ha cedido y yo me fustigo con pensamientos de arrepentimiento por no haber sido más valiente y haberme montado en la bicicleta — total son solo tres gotas, y ahora soy un maldito peatón más. El día transcurre con la normalidad de un miércoles anodino, con una carrera para no empaparme demasiado hasta la tienda de la esquina a por una ensalada para el almuerzo. Al salir de la oficina por la tarde noche, el cielo azul nos da la bienvenida a los transeúntes — me dirijo dos puentes más hacia el oeste, Blackfriars, y espero el autobús 63 que me llevará a Kings Cross en el asiento delantero del piso de arriba, como si fuera una alfombra mágica, volando cerca del suelo, ensimismado por la luces de oficinas que se subrayan a esta hora desde la calle. El edificio de la estación de Kings Cross se levanta de soslayo frente a Grays Inn Road, hierático y sobrio, con la seguridad enladrillada que impone su fachada, iluminada por focos amarillos que contrastan con el azul oscuro del cielo limpio detrás. Camino a casa desde allí, observando como las sombras de acentúan bajo las farolas de Caledonian Road.

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