Alter Ego: Sam

Sonó la alarma.

Sam abrió los ojos a las 11:00am, cubriéndose de inmediato con las sábanas. “Hoy es el día” pensó entre sueños.

Cerró las persianas y esperó unos minutos más recostada hasta que Sirius, su Doberman, se acercó corriendo a saludarla. “Ya voy, ya voy,” exclamó parándose. Arrastró sus pies sobre la alfombra, se puso unas pantuflas y fue a ducharse. Bajó luego corriendo las escaleras, tomó una taza de café, agarró su skate y sacó entonces a pasear a su perro.

“Luz… deberíamos vivir en una noche eterna. Apuesto a que ni a ti te gusta el sol, ¿o no Sirius?”. Su perro la miró con curiosidad y le respondió con un ladrido. Giraron en la primera cuadra a la derecha y se metieron en un callejón angosto cubierto de graffiti, el mismo que ella había pintado hacía tan solo dos días.

“¡Ey! ¿Listo para hoy?” gritó.

Un chico alto con camiseta azul volteó a verla. “¡Claro! Hemos estado ensayando en tu garaje por meses, estoy seguro que todo va a salir increíble”.

Hoy era el día en que su banda se presentaría en un local muy popular del barrio. Habían tenido que postular varias veces por el espacio hasta que finalmente a los dueños les había gustado su performance. Eran una banda joven, recién formada hacía un año, pero con una popularidad que iba rápidamente en aumento. Se hacían llamar “Los X” y este pequeño concierto era muy importante para su éxito como músicos.

Sam era la guitarrista principal, aunque también se encargaba de diseñar los volantes promocionando todas su presentaciones. En esos momentos incluso estaba diseñando la carátula de su primer álbum que saldría en junio si es que todo continuaba bien.

Sam se juntó entonces con sus demás amigos, la gran mayoría hombres pues las chicas la aburrían con sus dramas de telenovela mexicana. Estuvieron en el Skate Park por unas horas, y a las 2:00 pm se sentaron en una esquina a comer unas hamburguesas. Este era un lunes típico para ella. Hablaron, rieron y recordaron los viejos tiempos cuando aún vivían en Lima con sus padres que nunca lograron comprender su pasión por el arte. Es por ello que habían decidido irse a Estados Unidos pues decían que las oportunidades para triunfar allá eran mucho más altas.

Con el atardecer se despidieron para prepararse para el concierto. Estuvieron haciendo los últimos arreglos y la prueba de sonido en el local hasta que el reloj marcó las diez de la noche y la gente empezó a ingresar a montones. Este era su momento.