El borracho y las llaves perdidas en Colonia

Hay una vieja historia, la del borracho que entretiene a otro en la búsqueda de sus llaves perdidas; el otro, tras un largo rato infructuoso le pregunta “¿pero estás seguro de que las perdiste en esta parte de la calle?”, a lo que el borracho responde “no las perdí aquí, claro, pero es que esta es la única parte de la calle en las que hay una farola que da luz”

Con el tema de Colonia andamos, opino, en una tesitura similar. Por una vez hay una contención a la hora de disparar, de señalar al culpable de inmediato y pedir su ajusticiamiento, pero no por una sensatez recobrada sino porque los indicios, la denuncia y las hogueras apuntan a una asignatura que no somos capaces de enfrentar.

Como el borracho estamos listos para encarar a los reaccionarios, para explicar lo mal que lo hacen los malos eslovacos con su pretensión de segregar a cristianos de musulmanes a la hora de abrir su muralla. Es una asignatura más fácil que confrontar dos totems sagrados de nuestro ideario liberal: mujeres que denuncian una horda de agresiones sexuales, inmigrantes y refugiados por los que tanto hemos porfiado.

Como los estudiantes que arrastran asignaturas de cursos anteriores durante la carrera, vamos acumulando marías a la vez que evitamos los cocos con el que apechugara nuestro yo del futuro: es más fácil despachar a Trump, sus astracanadas y disparates simplistas y racistas, que abordar el debate de la esquivez de las sociedades con mayoría musulmana para con la democracia liberal y algunos de sus presupuestos clave como la libertad de expresión, de culto y de igualdad de la mujer.

Creo que este fenómeno es una suerte de síndrome del occidental progresista del siglo 21. Mientras nos sentimos perplejos ante el gusto por el autoritarismo de Putin, las soluciones reaccionarias de Eslovaquia o el auge de Trump y el Frente Nacional, mientras logramos victorias dialécticas aplaudidas por la afición local, hay finales que estamos evitando jugar y ellos no.