CAPÍTULO 14 EL PLUMERO

#CantaAhora Lucas by Raffaella Carrá

Cuidado, silencio, están cambiando la radio, quieren sintonizar algo, allá en el otro mundo, donde ustedes viven, si los sintonizan, se tendrán que ir. ¿Cuándo regresan? Raffaella nos recibía, efectivamente, estamos de nuevo en Puerto Rico. Raffaella, él era un plomero, de esos que destapan cosas. Un plomero gay. La verdad es que no parecía un plomero, si no un empleado de teléfonos de AT&T. Los pantalones le quedaban “brinca charco” y se llamaba Víctor París. De día es un plomero y de noche trabaja en el bar Plumero, donde muchas de las drag boricuas se mueren por hacer shows. En el show de Víctor, él se viste como Raffaella Carrá y le gustan los bugarrones. De vez en cuando se va por el Capitolio, por donde están las uvas playeras, por donde un “bon” estableció su vivienda con la mejor vista del Viejo San Juan, cerca de una gasolinera Shell y un Kentucky Fried Chicken. Cuando a Víctor le suena el celular, te contesta como un caballero, deja de hacer lo que sea por atenderte. Pero eso sí, no usa drogas. Lo sé, porque él era el que me iba a instalar el calentador en el apartamento que nos iban a rentar en el casco del Viejo San Juan, pero cuando vio el rollito de marihuana en la mesa, cambió su actitud, se volvió solemne, me dijo el costo de toda la instalación y se marchó. Victor Paris es el ex del “No escritor”, que aquí en Puerto Rico se llama Lisandro y es mi mejor amigo. Se dejaron hace casi dos años, pero el “No escritor” no lo ha superado.

Le contaba a Mr. Mohawk que algunas personas se quejan porque durante su vida han tenido cientos de relaciones amorosas que no han funcionado. Y estoy tomando en cuenta hasta esos amores de infancia, sí, porque algunos empiezan desde los tres años. Ya saben, las madres siempre quieren empatar a una con el hijo de su mejor amiga. Yo empecé a los cinco años. Me gustaba Paco Pepe, rubio de ojos azules y luego a los seis, Melvin, rubio de ojos azules. A los diez, Pedro, ojos azules, pelo marrón. A los doce, Juancho, ojos marrones. A los doce también me gustaba mucho Marcel; tenía ojos marrones y la cara llena de acné. Teníamos mucha química, me gustaba. Hablaba de cosas muy interesantes a esa edad, cosas que los demás chicos que profesaban idolatrarme, como Jorge, de ojos azules, no conocían. Pero me alejé de él, por su físico y porque las nenas no podían entender que me gustara el feo y no el lindo. Tenía trece años cuando Marcel me invitó a ver 9 semanas y media. Mi padre estaba al lado del teléfono. Pero hablamos por tres horas. Papi se molestó demasiado y me mandó a colgar. Marcel vivía en Condado. Me daba miedo decirle a papi que me llevara a su casa. ¿Qué le iba a decir? “Voy a casa de un nene que está bien bellaco, porque acaba de ver 9 semanas y media. Eramos los chicos más cool de la clase, así que tenía que disimular con él y hacerme la más loca. Le dije que sí, que iría. Estaba bellaca también. Pensé escaparme, irme en guagua. ¡Cómo deseaba estar allí con él viendo la maldita peli! Sabía que tenía escenas de sexo, si la daban por HBO. Y claro, ¿quién se enamoró de Mickey Rourke? Marcel era mi Mickey Rourke. Él imitaba su mirada. A veces se molestaba conmigo porque le parecía necia, le gustaba mucho. Él se vestía bien lindo, tan de los ochenta. Me acuerdo ese casual day en que fui vestida con unos mahones Union Bay, con camisa de Coca-Cola y unas Converse azul turquesa. ¡Qué charra! Ese día terminamos juntos, nos cogimos de la mano y caminamos hasta la parada de la guagua. Él siguió para Condado. Esa noche dormí con uno de sus sweaters ochentosos. Marcel tenía muchos barritos, demasiados para un niño de trece. Se veía triste, callado, pero era listo, era diferente. ¿Dónde estará? La última vez que lo vi fue en los cines de Plaza las Américas, tenía puesto un blazer azul turquesa, me dio su teléfono y lo perdí. Qué tonta. 9 semanas y media, eso fue lo que duró este romance. A los catorce me salió el acné a mi. A los trece años Marcel se fue. Y a los quince me moría por Orlando; mi primer sueño mojado. Cómo me gustaría estar en aquel disco party, en el Mad House, abrazada de espaldas a él, con mi traje de licra vino y negro Esprit, mis medias negras y mis zapatos de charol y un rapado con gel hacia atrás a lo Sheena Easton. Caminaba cuatro bloques hasta la parada de la New York Department Store, en Santurce, sólo para verlo, para coger la guagua con él. Tenía unos ojos verdes como achinados, era medio oriental, bronceado, con unos highlights rubios en su pelo y una mirada como la de James Dean. Era bello, me derretía por él. Una vez me senté en su falda. Ibamos en los autobuses dobles, los que parecían gusanos, dragones chinos, sí, como la onda de sus ojos verdes, que me miraban seductores. Orlando fue mi primer sueño mojado, soñé que lo hacíamos en un BMW rojo. Luego lo volví a ver en una fiesta del programa PartyTime, pero esta vez no se quedó conmigo. Creo que estuve triste el resto de la fiesta. Me acuerdo que cuando tenía una corazonada de que iba a ver a Orlando, se lo decía bien emocionada a mis amigas y pasaba, ¡lo veía! él aparecía y me hacía caso en la parada. Eramos unos morbosos, hacíamos chistes malos, irónicos. Una vez le dije bizca a una chica que resultó que era bizca de verdad, y él se moría de la risa por mis ocurrencias. Me hacía muecas para que me riera, él era mi cómplice. Pero tenía novia. Me enteré por Mari Rosa, que también le gustaba, pero decía que era un loser. A él no le importaba mucho coquetear conmigo, así que a mí tampoco. Él se entretenía hablando conmigo, se le iba el tiempo, la guagua llegaba rápido y él se bajaba, pero antes me miraba como Andrew McCarthy a Molly Ringwald en Pretty in Pink y entonces se iba. Él fue el último chico de ojos verdes que me gusto. Me hicieron sufrir mucho, así que cambié de color de ojos. Me empezaron a gustar los chicos de ojos negros. Y, por un largo tiempo llegó Cluny. 
En San Valentín de 2001 me gasté una fortuna en Gap, comprando ropa interior de corazones que decían Be Mine. Compré el libro de Afrodita y todos los ingredientes de la receta para una sopa que traía el libro. Compré hasta aquel libro idiota que tanto le gustaba de Einstein hablando con su barbero, y el muy cínico a cambio me preparó un fettuccine alfredo. Sabrán que la sopa se me cayó completa en los panties y me quemó. ¿Saben lo que me regaló él? Una mochila de paja, sin envolver. Claro, y siempre con una excusa pendeja, que justificaba lo poco detallista que era. Siempre lo arreglaba todo con “no he tenido tiempo… la sala de emergencia…”. Fuck you!
–¿Por qué tardó tanto en venir al sicólogo, si me dijo anteriormente que en varias ocasiones lo de la canción no le funcionó?
–Es que esa canción me hacía llorar, me calentaba el cuerpo y la rabia empezaba a surgir… y entonces, me dije: Esta será tu terapia. Tú no pagarás ni un centavo como esas otras desgraciadas. Ese dinero lo gastarás en ti.

“You are a radio star”. Siempre salía una voz de una canción o un jingle, que no me dejaba olvidar mis mejores tiempos. Video Killed the Radio Star… “You are a radio star”. “Me gusta vivir aquí, en el Estado Libre Seis Dedos, le decía a Mr. Mohawk, pero siempre estoy recordando mi vida allá, en Puerto Rico, sobre todo mi niñez. El traje de las manzanitas verdes y blancas sobre azul marino marca Esprit. Me gusta recordar todo. La casita de campaña que me hacía mi hermano con las sábanas, “la casita”. Me encantaba eso. Adoraba a mi hermano, él era la chispa, la creatividad. Su ingenio para la burla era quijotesco. Hacía de todo. Jugaba baloncesto, pelota, tenía un caballo, un Mazda 626. También tuvo un Toyota Corolla, de esos con los focos que se abrían y cerraban. Tenía novias por todos lados y un Walkman, cuando el FM y el AM venían como en una especie de casstette. Ay no sé, él lo conseguía todo por la revista Crutchfield. Él era el campeón de Pac Man. Se pasaba en las maquinitas jugando. También jugó a la ruleta rusa en casa de Paco Pepe, que era el nene rubio de ojos azules que me gustaba. Ese día Paco Pepe me habló, quizás me besó la mejilla, no sé, ese fue mi primer encuentro con el amor, a los cuatro años. Recuerdo el enajenamiento, la fantasía pura, los mundos inventados y esa casa del pueblo, de donde se veía la Rueda de la Fortuna en las fiestas patronales de Morovis. Frente a la casa del sargento Vega, pasaba : “El Loco Gigante” a gritar: “Misi, déme un vaso de agua”. Se paseaba de arriba a abajo todo el tiempo como quien no tiene noción del tiempo o quizás la tenía, como el conejo de Alicia en el País de las Maravillas. De vez en cuando me cruzaba con Lolito, el que vendía donas. Eran las mejores donas y casi nunca las podía comer, porque mami me dañaba las ganas diciendo que Lolito no se lavaba las manos después de orinar. Desde el balcón de la casa del pueblo, recuerdo que una vez gritabamos: “Fuego, fuego, los calzoncillos de tu abuelo”. Se estaba quemando una casa del pueblo, pero no recuerdo de quién era. En ese balcón pasé horas patinando sintiéndome como “Dancing Queen”. Jugaba sola, siempre sola en aquella casa tan maravillosa. La tenía toda para mi. Con tantos espacios para una niña de seis años, con seis dedos en un pie. Y ahora, por qué ando buscando la felicidad, aquí, en el Estado Libre Seis Dedos, cuando la felicidad ya pasó en Puerto Rico. ¿Encontrar algo que ya había encontrado? ¿Qué tengo ahora? ¿Qué tendré? ¿Qué más da? Nada se puede
comparar con aquellos años ochenta. El futuro es desolador para mí que siempre he disfrutado de la soledad, la misma que me protegió aquellos años de las impurezas que me rodeaban. Mi espíritu se mantuvo intacto en aquella burbuja. Odisea Burbujas… ¿Así era que se llamaba aquel programa de niños? Entonces crecí y me escape de Puerto Rico, pero ahora quiero regresar a mi burbuja, a mi mundo, a mi Macondo; ese es el mundo que yo anhelo. El que lamento haber perdido, el que quiero recuperar escribiendo estos espejismos, amoríos, jingles y karaokes. El mundo de la Bruja del 71. Teníamos una vecina que le decíamos la Bruja del 71. Se peinaba con un moño, se vestía con trajes de poliéster en azul eléctrico y usaba unas gafas de pasta negras. Cuando iba para casa de abuela siempre trataba de no mirar donde vivía, pues me daba mucho miedo. Luego pasaba por la casa de los Bibiloni y siempre miraba a ver si Pedro estaba para saludarlo. A él le gustaban los Starburst de china y me parecía genial, porque yo los odiaba. Así que los rojos y los rositas eran míos. Lo cursi era que él me guardaba los papelitos naranja y me los daba para que los pusiera en un cofre de caracoles. Lo llené hasta el tope, qué cursi.

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