Alguna vez viajé…
Tener poco tiempo en una ciudad tan grande, llena de millones de habitantes te permite pensar en casi todas las acciones que haz realizado a lo largo de tu vida. Planear, ahorrar, contemplar las mil posibilidades para el éxito, nacen de una sola fuente: El amor, ese motor, esa gasolina, ese muelle de salida y llegada.
Ella, mi amada, no veía nada de esto. Era hermosa, sin dudas. Muchas veces comparaba su sonrisa con el pliegue suave que cruza todas las mañanas al abrir el sol la noche. Pero nunca observó mi entrega, mi desprendimiento banal en merito de tenerla como mi compañera de viajes.
No conocía las rutas de autobús. Escasamente sabia moverme por la gran ciudad, mi único motivo era mirarla. Saber su mirada cómplice. Salí a las 6:30 de la mañana. El frío era moderado pero nunca lo había sentido a estás horas del otoño. No quise molestarla, sabía que dormía. De hecho, nunca quise perturbarla, podría haberme quedado simplemente mirándola hacer su vida, oír como la risa que desprende cuando algo le parece absurdo (usualmente le gustaba perderse en algunas banalidades de la sociedad, no en mal gusto, sino en la crítica al absurdo). Viaje. Un libro bajo el brazo, la esperanza puesta en perspectiva: ¿Realmente viajaré durante días, meses, años para estar a su lado?. La respuesta llego más rápido que la misma pregunta finalizaba. La ciudad destino solo la pisé a mediados del 2003 para estar en un concierto de rock. Era un adolecente rebelde, aún siendo de formación escolar particular, el concepto del dinero, la cultura burguesa, el elitismo social según las constelación de ideas y la no aceptación de la diferencia, eran las reflexiones de la época. Mochila rota al hombro, latas de atún para la comida, pulseras y mantas hippies para vender y solventar los gastos. La visita a la ciudad fue por horas. En esta nueva ocasión llevaba perfume, ropa limpia, pues a pesar de saber que tanto ella como yo comulgábamos bajo el termino novios, nunca dejé de intentar enamorarla. (Existe una anécdota donde yo fui llevado a urgencias al hospital debido a un cuadro de intoxicación alimenticia, en el trayecto, en el momento de subir al taxi, yo sin poder coordinar correctamente y sin mucha fuerza, lo primero que hice fue ceder la puerta del taxi, abrirla antes de que ella pudiera extender su mano. Al salir, de igual modo extendí mi mano. Más allá de cierta rutina-habito por los modales de género, donde el hombre se muestra como el caballero ante la bella damisela, lo cierto es que en mi mente pasaba un solo pensamiento: cuidar de ella.)
Revise el mapa. Donde la veré. Cómo llegar a ese lugar. Un taxi es sencillo tomar y ser guidado, pero nunca me ha gustado padecer de información. Por ello revise todo. El clima, los lugares comunes, los hoteles, los restaurantes, los museos, librerías…todo.
No pasaban las 9 de la mañana y su voz llegó a mis oídos. -¿Por dónde vienes bebeshito? (sí, un término bastante cursi, pero no importaba, hasta el hombre más rebelde requiere de ese calor que ofrece una mujer que lo ama)
-La respuesta y el dialogo fueron logísticos. Lo curioso es la sensación. Aún conociéndola por mas de un año, su calidez, su preocupación me ponían nervioso. Era la única persona en este mundo que lograba desprenderme de mi porte ante la sociedad. (sólo lo comparo con mis practicas de campo en antropología, en donde requiere un investigador desprenderse de parámetros societales muy de su cultura ajena a otras).
Ella era por quien recorrí, casi dos años atrás, una ciudad para poder saludarla bajo su ventana. La foto de ese momento parece la escena de una novela romántica del siglo XIX: ella en su ventana, la luna encima de nosotros, el miedo a la sociedad, y las miradas ahí. Tanto era el nerviosismo que sólo pudimos decir: “hola!; cómo estás?” y repetir el “hola” bajo la sonrisa compartida. El te amo sólo se pronunció como obligatoriedad verbal y emocional. El sentimiento de ese momento fue tan grande que hoy pienso sigue extendiéndose, como el universo, solo después del big bang lo que continua es la expansión.
El punto de encuentro se desvaneció, junto a toda la ciudad, en el momento en ver su sonrisa brillar. Sus ojos se incrustaron en los míos. Los brazos ya iban extendiéndose, preparaban el vuelo. La besé, la besé y dije: No importa si tendré que hacer esto el resto de mi vida, con la misma emoción de hoy lo haré, siempre. La volví a besar…