Sienta mejor evitar juzgar a los demás

Juzgar la vida de los demás es una forma de expresar insatisfacción con nuestra vida. Como de costumbre, hay que subrayar que no me refiero a un mero comentario que hagamos a un conocido de forma esporádica, sino a dedicarse constantemente a juzgar las vidas de cuantas personas se cruzan con nosotros.

Cuando juzgamos, lejos de realizar una observación u opinar, dejamos caer nuestra crítica sobre la vida ajena y además, se trata de una crítica destructiva, puesto que parte de la falta de entendimiento y de considerar que sólo nuestro razonamiento es el correcto, que únicamente nuestro punto de vista es el acertado.

Por eso, cuando criticamos de este modo, estamos tratando de censurar la conducta de otra persona. Cabría preguntarse: ¿Con qué derecho lo hacemos? ¿Quiénes somos nosotros para juzgar la vida de los demás?. Si esta persona es feliz con su vida y no hace daño a nadie, ¿por qué habría yo de juzgarla?

Antes de juzgar a nadie, deberíamos pararnos a reflexionar y preguntarnos: ¿acaso es mi vida perfecta?. Si no lo es, entonces puede que uno debiese dedicarse a arreglar sus propios asuntos y en todo caso, sólo después tratar de solucionar los de los demás.

De hecho, ocurre que aquellos que ocupan parte de su tiempo juzgando a los demás, suelen ocultarse de este modo a sí mismos, la insatisfacción que tienen con sus vidas. Por eso, juzgando a los demás, evitan y camuflan sus necesidades de cambio.

Es más, la atención que prestamos a las vidas de los demás, se la estamos restando a la vida propia, con lo cual, buena parte de nuestra energía la desperdiciamos, en lugar de emplearla en sopesar cómo mejorar nuestra situación.

Por otro lado, a nadie le gusta que juzguen su vida, tanto más, si no lo han pedido. Además, cuando juzgamos, solemos hacerlo desde nuestra perspectiva, olvidando que somos muy diferentes a la persona cuya vida estamos juzgando.

Haríamos mejor en respetar y no juzgar; en respetar las distintas individualidades y considerar que si uno cambiaría facetas de vidas ajenas, los demás harían justamente lo mismo con las nuestras, puesto que todos somos distintos y tendemos a adecuar nuestra vida a nuestra forma de ser.

De hecho, cuanto más distinta es una vida a la nuestra, más susceptible es que llame nuestra atención y la juzguemos. No solemos juzgar a personas que hacen lo mismo que nosotros, si no a aquellos que mantienen vidas diferentes, las cuales seguramente no entendemos.

Por esto, podemos juzgar a los demás debido a:

  • Nuestros prejuicios: ya que ni comprendemos ni nos esforzamos en entender su comportamiento
  • La envidia: cuando querríamos llevar a cabo lo que otros hacen, pero nosotros no nos atrevemos a hacer
  • Convencernos a nosotros mismos: cuando las personas ponen de manifiesto carencias que hay en nuestra vida y les juzgamos (e intentamos convencer de que están equivocadas) en un intento de convencernos a nosotros mismos de que nuestra vida funciona y no necesitamos cambiar

A veces, cuando nos damos a juzgar otras vidas, cometemos distintos errores, como por ejemplo:

  • No comprender que cada persona tiene un tiempo de desarrollo diferente, unos gustos diferentes o unas prioridades diferentes, lo cual denota una carencia de reflexión sobre la vida
  • Del mismo modo, uno puede ser dado a juzgar lo que una persona es, pero difícilmente se fijará y juzgará lo que puede llegar a ser, es decir: darse a juzgar una vida que se encuentra en curso, que está todavía en proceso, como si de un producto acabado se tratase y sin tener en cuenta que más adelante esa vida bien puede cambiar (sería como valorar la obra de un pintor que, trabajando todavía sobre ésta, tiene que aguantar comentarios que llegan a destiempo, a criticar un encargo no terminado)
  • Por esto, resulta inteligente juzgar una vida que ya llegó a su fin, en la que su actor, habiendo dejado ya atrás el mundo y cuanto en éste llegó a realizar, se presta a ser justamente juzgado y entonces, sería el momento de decir: “Esta persona hizo esto o aquello durante su vida” o “No hizo esto o lo otro
  • Dar una opinión no es lo mismo que juzgar. Opinar consiste en expresar lo que pensamos, sin incurrir en juicios de valor (ej.: “Eso está bien o mal”) ni en “sugerencias coercitivas” (ej.: “Deberías hacer esto o lo otro”)

Frecuentemente, juzgar vidas ajenas hace que las personas se enfaden y molesten entre sí: el juzgado, porque ve invadida su libertad personal de ser y actuar en el mundo según crea conveniente y el que juzga, porque le molesta no conseguir modificar la vida de quien quiera esté juzgando o que no le reconozcan “la razón que tiene”.

Llegado a este punto, deberíamos comenzar a pensar si ganamos algo juzgando otras vidas o si en cambio, lo que hacemos es ganarnos antipatías y llevarnos disgustos.

Si decidimos intentar dejar de juzgar a los demás, la próxima vez que se presente la ocasión de ponerlo en práctica, haríamos bien en preguntarnos: “¿Puedo ayudar a esta persona de alguna manera?”. De este modo, tal vez podríamos hacer algo beneficioso para ambos, porque preocuparse por ayudar a los demás es satisfactorio, mientras que cuando juzgamos, lo hacemos desde una postura egocéntrica, ya que en el fondo nos gustaría cambiar aquello que no es como nosotros pensamos que debe ser.

Conclusión: Juzgar a los demás no contribuye a nuestra felicidad, porque a nadie le gusta ser juzgado y por tanto, no mejoraremos ninguna relación de este modo ni despertaremos simpatías. Además, es una falta de respeto hacia la individualidad de las personas y su derecho a vivir como crean conveniente. Incluso, cabría decir que no es un gesto inteligente, ya que las personas cambiamos constantemente y nunca se sabe qué va a llegar a hacer aquella persona a quien hoy juzgamos.

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