Starman
El teléfono sonó varias veces, quizá más veces de lo normal, trágico. Mi madre acude al llamado y contesta. Responde pero al instante queda muda. Conforme pasan los segundos su mirada queda fija en ningún sitio. Cuando cuelga, no puede articular ni una palabra.
Diez años atrás, mi padre apenas empezaba a utilizar los teléfonos móviles. Peor aún, en ese entonces, apenas y había señal de la operadora en algunas zonas. Cuando por fin pudo localizarlo, mi madre sólo le dijo que era urgente que regresara. No dio detalles.
Horas más tarde, aún sin saber del todo qué había pasado — pero consiente de que no era algo “bueno” — mi madre y yo entramos al hospital donde, paradójicamente, yo nací. Ahí nos encontramos con gente que yo no recordaba, pero que, después supe, eran familiares por parte de mi padre.
Fue una eternidad. Pero siempre, después de la tormenta, la claridad se presenta. Entonces pude ver de nuevo al abuelo. Fuerte. Sobrellevando lo que acontecía.
Esa noche no habría navidad. Mejor aún, la navidad era él.
— ¿Puedes hablarle a tu papá, Benji? — me preguntó mi abuelo mientras yo le veía tomar un té.
Asentí y salí.
Era tan chico que no entendía el peso de los últimos momentos de algo en la vida. Pero se quedó tan fijo en mi mente que años después lo vengo comprendiendo.
Cuando volví, había algunas enfermeras que estaban alrededor de la cama. Algunas personas estaban fuera de sí. Mi padre lo miraba sin expresión alguna.
Nadie será completamente eterno, entonces comprendí.