El olímpico desastre de los juegos de Río de Janeiro

Dentro de exactamente un mes, Río de Janeiro será la sede de los próximos juegos olímpicos. Si existiese una medalla de oro a la peor organización del evento, Brasil estaría a escasos metros de ganarla. Decidí visitar el sexto municipio más poblado del hemisferio y ver en propios ojos los avances.

En el camino desde el aeropuerto se ve una inmensa pared que protege al turista de poder observar la pobreza de Brasil. Al otro lado se encuentra Maré, una de las favelas más grandes del país. Durante mi estancia, esta favela reportó dos operativos policiacos, uno de los cuales culminó con 4 personas muertas a mano de las, irónicamente llamadas, policías pacificadoras.

La segregación y limpieza racial que Río está sufriendo, en ocasiones excusada por la organización de eventos deportivos, es de suma preocupación. De hecho, cuando Brasil fue sede de la Copa del Mundo en 2014, la policía mató a 580 personas en el estado de Río de Janeiro. Esto es 40% más que en 2013. En 2015, el número alcanzó 645 muertos.

El aumento de los homicidios perpetuados por la policía muestran un claro patrón de uso excesivo e innecesario de la fuerza, la violencia y la impunidad que debe cuestionar a las autoridades del Estado.

Apenas la semana pasada aparecieron pedazos mutilados de un cuerpo humano flotando en las playas de Copacabana, a escasos metros de la estructura sin terminar del estadio para los juegos de voleyball de playa. De hecho, en las últimas semanas los medios de comunicación brasileños han estado plagados de historias de los ridículos costos de construcción de última hora.

Todo esto sucede bajo la amenaza de una crisis financiera que amaga la capacidad del Estado para pagar los servicios públicos básicos. Miles de funcionarios públicos, incluyendo desde médicos y maestros hasta bomberos y policías, han advertido su deseo de ir a huelga por la falta de pago de salarios y las malas condiciones de trabajo.

Ante esta noticia, la semana pasada el gobierno de Temer confirmó un préstamo de emergencia de 895 millones de dólares para cubrir los gastos de seguridad de los juegos. Los fondos también ayudarán a completar una extensión del metro que llevará a los visitantes desde el centro de la ciudad hasta las instalaciones olímpicas.

Es cierto que hay otros competidores que le disputan a Brasil la peor organización de los juegos olímpicos. Es el caso de los juegos olímpicos de invierno de 2014 en Sochi, Rusia, que estuvieron plagados de reportes de plomería defectuosa en hoteles mal construidos.

Recordemos también que la gripe porcina acechó de cerca los juegos de 2010 en Vancouver, Canadá. O que en Grecia, la construcción del estadio se terminó justo antes de la ceremonia de apertura del 2004.

Pero en una ciudad en las que una mujer tiene 10 veces más probabilidades de ser violada que de contraer Zika, vale la pena preguntarse cuánta de la seguridad de emergencia contratada por la ciudad permanecerá después de las Olimpiadas.

Quien sabe, tal vez todo suceda bien y los juegos olímpicos sean un éxito. Después de todo, yo defiendo el optimismo como deber. Sin embargo, incluso si los juegos salen según lo planeado, es imposible pensar que el evento haga algo por las 76 personas alcanzadas por las balas perdidas en lo que va del año, 21 de las cuales murieron.

Este artículo fue publicado originalmente en Mexican Times.