Después de ocho horas en la redacción sin apenas intercambiar palabra con mis compañeros, salgo a la calle y me encuentro con un atardecer fucsia de nubes fluorescentes que recuerdan al champán recién derramado. Después de una jornada de silencio en la que no he considerado que tuviera nada que aportar, me sorprendo a mí misma avisando a una mujer desconocida que camina de espaldas al espectáculo: “Mire, ¡mire qué cielo tan bonito!”.

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