Tópicos de un gimnasio

Queda poco más de una semana para que llegue el 2016 y, con él, los propósitos para el nuevo año. Entre los más frecuentes (quizá para paliar los excesos navideños) se encuentra el de inscribirse en un gimnasio. Hace más de un año que voy a uno, que no es nada del otro mundo y al que va gente de todo tipo: hombres, mujeres, jóvenes, mayores, etc. Durante todo este tiempo he conseguido descifrar algunos perfiles que, para bien o para mal, se dan en este tipo de instalaciones deportivas.

Comenzando con el género masculino, destacan especialmente los mazados, también conocidos como croissants o robocops. Se trata de personas que, grandes aficionados al gimnasio, dedican gran parte de su tiempo a cultivar su cuerpo. Aunque para gustos los colores, yo considero que lo hacen en exceso, hasta tal punto que su cuerpo se convierte en una pirámide invertida, con una gran anchura corporal que comienza en la parte de los hombros y que, a partir de ahí, va descendiendo.

Fotografía de un croissant. La forma de este dulce correspondería a la parte superior del cuerpo de los conocidos como “mazados”

También sobresalen de manera notoria tanto hombres como mujeres que, después de su (exhaustiva o liviana) sesión de ejercicio, se marchan tal y como han venido: con la misma ropa y sin ducharse. Y no se piensen que lo sé porque me paso todo el tiempo en el vestuario controlando quién se ducha y quién no (aunque eso lo puedo demostrar de manera fehaciente cuando -yo sí- me estoy duchando), sino porque las máquinas que utilizo (cinta, elíptica y bicicleta estática) están justo al lado de la puerta, y mi ubicación me permite comprobar el tamaño de las bolsas (mochilitas, auténticas bolsas de deporte, etc.) y si salen o no con la misma ropa con la que han hecho deporte. 
Entendería esta conducta si su casa está cerca o nada más salir del gimnasio se van a duchar. Pero no. Hay algunos abonados del gimnasio, especialmente mujeres, que van al supermercado directamente, sin pasar antes por casa (es más, muchas de ellas traen al gimnasio el carrito de la compra) y, por consiguiente, sin haberse duchado.

Y si les parece poco, lo siento, pero todavía hay más. Centrándome ya en lo que acaece dentro del vestuario, por razones obvias no puedo exponerles lo que sucede en la sala de los hombres, pero sí lo que ocurre con las féminas. El orden en el que les presento los ulteriores perfiles no responde a un criterio de repulsión, ya que no sé qué provoca más aversión.

Entre las más decorosas se encuentran las que, aun cuando no se duchan, se secan el sudor, se lavan como los gatos (según diría mi padre) y se cambian de ropa. Hay algunas que realizan el proceso de acicalamiento de manera exhaustiva (vestido, maquillaje, pelo planchado, tacones, etc.). ¿Para qué, si ni siquiera se han duchado? Muy sencillo: para irse a trabajar. Otras, en cambio, omiten el proceso de lavado, ni tan siquiera lo hacen por encima, y se cambian directamente la ropa. La pregunta es la siguiente: cuando llegan a casa, ¿echan esa ropa a lavar y se duchan?

Y ya por último, pero no por ello menos importante, están las mujeres que después de hacer ejercicio, tienen a bien ducharse, si bien a continuación, en lugar de ponerse ropa limpia, se visten con la misma camiseta y pantalones con los que han hecho deporte y que, efectivamente, están sudados. ¿Volverán a ducharse en sus casas? ¿Echarán esa ropa a lavar? Sería de agradecer. Más que nada, por cuestiones de higiene.

Aun cuando los perfiles descritos respondan al género femenino, es probable que algún hombre se encuadre también en ellos. Pero solo puedo hacer afirmaciones en el caso de las mujeres porque son con quienes comparto vestuario, así que en las descripciones anteriores no hay ningún tipo de machismo.

Quizá les haya entrado curiosidad por saber a qué perfil respondo yo. Afortunadamente, a ninguno de los descritos anteriormente. Yo soy estudiante y no me puedo permitir pasar demasiado tiempo en el gimnasio; aproximadamente, 45 minutos (una hora en vacaciones). Y sí, después de mi sesión de ejercicio me ducho. Y no, tras salir de la ducha no me vuelvo a poner la misma ropa con la que he hecho deporte. Si bien es cierto que todos los días voy al gimnasio con la misma ropa, no se preocupen, en cuanto llega a casa es sometida a un proceso de lavado en la máquina inventada a tal efecto. Así las cosas, al día siguiente está limpia e impoluta.

Le pueden llamar cotilleo; yo prefiero denominarlo entretenimiento. Cuando pasas un buen rato haciendo lo mismo, lo normal es que al final termines hastiado, así que yo he optado por buscarme este hobby. Lo mismo se podría decir de las personas que viajan continuamente en transporte público.

Igualmente, ya sé que resulta desagradable y créanme que verlo en vivo, en directo y de manera continuada no es menos repulsivo, pero simplemente quiero ponerles en sobre aviso. Así que cuando lleguen su primer día al gimnasio, o incluso cuando lleven varios días y consigan identificar a estas personas, no se asombren. Yo ya les advertí.

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