“Calladita más bonita”… ¡Ni a putas!
Entre todo lo que una percibe, oye o dice, a veces se escucha cada cosa que al final una termina ignorándola, dejándola pasar o aceptándola, bajo excusas como que son detalles del lenguaje o bien con un: “a mí nada me afecta que alguien diga o deje de decir algo”. Yo no sé si es por estudiar Letras o porque simplemente me interesan todas estas carajadas de la lengua y el lenguaje, pero siempre suelo poner mucha atención cuando alguien habla, sí, mientras me hablan yo estoy pensando si está utilizando bien la estructura gramatical, si utiliza bien las preposiciones y demás, así soy, a veces también me da por escuchar detenidamente cada una de las palabras que están pronunciando… ¡Cuanto peso tiene el lenguaje y la manera en que lo utilizamos!
Las palabras que elegimos para referirnos a algo o alguien tienen tanta fuerza y la mayoría del tiempo lo dejamos pasar, no pensamos lo que decimos, hablamos por hablar. A través del lenguaje podemos darle vida a las cosas o bien quitársela, y es que algo no existe si no está designado en el lenguaje (eso es uno de los motivos por los cuales yo defiendo tanto el lenguaje inclusivo, pero ese cuento lo narraré otro día). Toda esta palabrería para referirme al tan famoso refrán “Calladita más bonita”, ajá, el famosísimo dicho que mucha gente se encarga de ir reproduciendo en el tiempo, entre esa gente, lastimosamente hay muchas mujeres, adultas mayores, adultas, jóvenes (he escuchado incluso a amigas repetir esas odiosísimas palabras) y bueno esperanzada estoy porque no he escuchado a ninguna niña decirlo.
“Calladita más bonita”… ¿es en serio?
¿De verdad no nos estamos dando cuenta cuantos estereotipos estamos reproduciendo cada vez que pronunciamos esa tan mala conjugación de palabras? ¿De verdad no perciben que repitiendo esas palabras seguimos fijando roles a las mujeres? ¿Qué cuál rol? Este jodido rol de belleza que impone la sociedad donde la mujer tiene que estar “bonita” para los hombres, para que los hombres se sientan satisfechos con lo que ven, y así cumplirles su expectativa de belleza. Este rol doblemente dañino donde la mujer debe ser sumisa, donde de ninguna forma debe contradecir al hombre, hacerlo quedar mal porque sabe algo más que él o porque contradice, sino que debe ser fiel a la sumisión y a la pasividad ante él porque de esta forma demuestra su belleza… el silencio.
¿Y entonces qué? Una mujer no es bonita si habla, si grita, si no calla, una mujer no es bonita si no se somete, si no acepta, si tiene poder sobre su vida, sobre lo que dice, una mujer no es bonita si domina, si levanta la voz frente a un hombre, frente a un grupo, una mujer no es bonita entonces si no calza con esos estereotipos implantados por la sociedad desde épocas arcaicas.
Porque si una mujer no calla, hay que desconfiar de ella, si una mujer no es la sombra de un hombre no es bella, y si una mujer no es bella no tiene valía. Ni a putas me como yo estos cuentos, la mujer no es ningún objeto ni debe estar sometida al hombre, nosotras no somos ni seremos nunca más accesorios de ellos y yo me prometo a mí misma, que cada vez que encuentre en el lenguaje algo que me somete, que perpetua y naturaliza el poder de los hombres frente a las mujeres, seré sin ningún miedo, una mujer horrible, bien güeisa, de esas que nadie vuelve a ver, porque no me pienso quedar callada, pienso abrir mi boca y hablar, hablar, hablar tanto que ponga a toda esa gente, con todas esas ideas retrógradas, bien incómoda.
Si los hombres tienen miedo a la mujer sin miedo no es nuestro problema. Que si quiero hablar, hablaré hasta los codos, que si quiero gritar no me voy censurar, que si quiero llorar no me voy a reprimir, y no, que no voy a andar con miedos de decir lo que no es correcto.
Porque no me interesa calzar en esos estereotipos de belleza…
Al final la mujer bonita… ¡es la que lucha!

Mayo 2014