Un día más de acoso callejero

Salgo de mi casa, doy tres pasos, son las 8.30 am, hay una pequeña construcción en la casa de al lado, sale un hombre, supuse que trabajaba en la construcción, tenía toda la pinta de hacerlo, no pongo mucha atención y despreocupada intento seguir mi camino a mis clases de italiano. Doy dos pasos más y escucho: -“Oiga flaca, mi amor, por qué no viene para…”, me detengo, no sé cómo reaccionar, sólo reacciono, doy media vuelta, lo observo y entonces las palabras salieron solas: “Mae no sea tan imbécil y carebarro”. El hombre no sabe cómo reaccionar, yo sigo mi camino, molesta, muy molesta a las 8.30am. Camino hasta la parada del bus e inconscientemente intento bajarme un poco el vestido que andaba puesto, inconscientemente pienso que quizá si fuese un poco más largo evitaría los pitazos, las miradas y las palabras no deseadas, inconscientemente me siento culpable.

De Curridabat a Los Yoses, voy en el bus, sigo molesta, en realidad molesta no es la palabra indicada, voy en el bus con cara de puteada, pienso, pienso mucho en ese bus, ¿cómo es que tenemos que andar preparadas, esperando que al pasar al lado de cualquier tipo, debemos escuchar su “piropo”, su “halago” porque sí tuvimos la dicha de ser las elegidas? ¿Cómo es que esta conducta sea aceptada por la sociedad que se escuda en excusas como “así de ingenioso es el tico para piropear”? ¿Siempre hemos vivido en esta sociedad tan machista, patriarcal que no reacciona ante la violencia? ¿En serio hay personas que creen que yo le estoy haciendo una invitación a cualquier hombre a faltarme el respeto por la manera en que me visto?

Me bajo del bus, sigo pensando, sigo sintiendo, y es que me siento mal, me siento mal por sentirme culpable, me siento mal por no saber cómo reaccionar, me siento mal por tener miedo a defenderme, me siento mal porque sé que si grito de vuelta me van a tachar de loca y es que tampoco eso quiero. El Silencio, el gran cómplice, la aceptación tácita de que me gusta que me griten, de que me gusta su agresión disfrazada de halago.

Ese mismo día por la noche, me bajo del bus de vuelta a mi casa, voy caminando y pasa un muchacho en bicicleta, la historia se repite:

- Para donde va flaca que la acompaño. — ¡Mae no sea imbécil! — Si fuera bonita por lo menos… -Más bonita que usted sí, ¿qué es que la tiene pequeña que tiene que andar gritando mierdas en la calle?

El mae se devuelve en su bicicleta, yo me cago del susto (esas son las únicas palabras que pueden describir el momento y sí quiere juzgarme y decirme : “No que muy empoderada”, todas las personas experimentamos el miedo), un guarda ve la escena, sólo dice “Tranquila mamita, sólo siga caminando”, por un momento me sentí aliviada de que el guarda no juzgara mi arrebato de ira, por otro sólo me sentí frustrada, me sentí impotente porque escribir que me siento harta y cuanto odio la situación en redes sociales no soluciona nada, porque que un montón de gente se sienta identificada con lo que escribo y la publicación tenga muchos likes tampoco genera un cambio social. Porque me exijo a mí misma actuar, encontrar una solución, porque siento que es una responsabilidad conmigo misma, porque pienso en todas las mujeres que viven esto a diario, pienso sobretodo en esas mujeres que no saben que esto es violencia, violencia solapada, quizá una de las formas más normalizadas e invisibilizadas de la violencia hacia nosotras.

Sentirme frustrada e impotente, tampoco es una opción viable, yo personalmente me declaro en una lucha constante contra el acoso callejero, me prometo no volver a tolerar ninguna palabra, ni mirada indeseada, me prometo levantar mi voz y poner la discusión sobre la mesa en cualquier espacio que participe, pero lo que me prometo con más fuerza es nunca más ser cómplice, para eso ya existe el silencio… Informarnos, no callarnos, exigir respeto.

¡Las calles también son nuestras y tenemos derecho a caminarlas sin ser violentadas!

Agosto, 2014