Estamos en búsqueda de líder empático

capaz de crear entorno laboral armonioso

Fuente: Hero Images en 500px.com

El feminismo se ha venido a menos de un tiempo a esta parte y, a mi modo de ver, con justa razón. Para el ojo público, las feministas han pasado de ser las principales defensoras de la igualdad de derechos a parecer usurpadoras de roles que hasta hace poco eran exclusivamente masculinos, como lo son los cargos corporativos de alto rango.

Para el ojo público, las feministas han pasado de ser las principales defensoras de la igualdad de derechos a parecer usurpadoras de cargos corporativos de alto rango.

Entre las impulsadoras del movimiento feminista de hoy se destaca y admira mucho a aquellas lideresas que han logrado “romper el techo de cristal” en el mundo laboral. Muchos artículos y libros se han escrito al respecto, donde se citan de forma alarmista los múltiples estudios que señalan que la mujer todavía no ha roto suficientes cristales.

Paralelo a este feminismo moderno existe la gran corriente de mujeres que rechazan el discurso feminista y que, en el caso del Perú, conforma la gran mayoría. Ellas ven a las feministas como una suerte de grupo radical de mujeres solteras y sin hijos, a favor del aborto y del matrimonio gay, es decir, todo el discurso liberal en un solo paquete. Por lo general no quieren verse asociadas a ellas y menos formar parte de sus filas. Buscan ser líderes en sus empresas, pero no tienen interés en llegar a los puestos más altos.

Ambos grupos tendrían que detenerse un momento a escuchar las necesidades del otro. No podemos pretender que las feministas renuncien a sus ambiciones, como que tampoco podemos esperar que un buen día todas las mujeres se unan a la causa. Y como son las anti-feministas las que más evitan hablar del tema — con la esperanza de que desaparezca — quiero intentar expresar su punto de vista.

No podemos pretender que las feministas renuncien a sus ambiciones, como que tampoco podemos esperar que un buen día todas las mujeres se unan a la causa

Para una persona, su identidad es tal vez lo más preciado. Ciertamente no podemos negar que, al menos en el mundo actual, la identidad de género es una de las más arraigadas, y comienza a desarrollarse desde la temprana infancia. Más allá de si los hombres y las mujeres podamos nacer con mayor facilidad para una cosa u otra, sí se puede afirmar nacemos con un sentido de pertenencia a un grupo en contraposición a otro. Como explica Deborah Tannen en su libro Tú no me entiendes, muy pronto ambos grupos “son socializados” por sus allegados para desarrollar comportamientos, reacciones, maneras de hablar, de pensar, de moverse, que están asociados a su grupo de identificación.

No es entonces tan importante descubrir si los hombres y las mujeres tenemos distintas características y gustos desde que nacemos, sino reconocer que sí existen esas marcadas diferencias una vez que ya somos adultos. Esas diferencias no son intrínsecamente buenas o malas, simplemente son diferencias. Y es aquí donde se complica la cosa.

Es importante reconocer que sí existen marcadas diferencias entre hombres y mujeres.

Todo lo que conocemos y es parte de nuestra cultura occidental se ha desarrollado históricamente desde una perspectiva mayoritariamente masculina. Las jerarquías en las comunidades religiosas, las empresas y las organizaciones políticas son fruto de esta visión del mundo con filtro masculino. Los hombres se relacionan unos con otros de manera vertical, de modo que admiran a aquél que logra situarse un peldaño más arriba, y forman vínculos en los que prima la competitividad amistosa. Por el contrario, cuando quieren rechazar a un hombre le pisan el orgullo, la seguridad o su individualidad: lo obligan a bajar un peldaño (Tannen).

Es en este mundo jerárquico donde a las mujeres nos toca día a día encontrar un espacio. Algunas de nosotras, las feministas, luchamos por tener el mismo derecho que los hombres de subir ese peldaño. Otras luchamos por defender nuestra identidad y serle fiel a lo que sentimos significa ser mujer.

A diferencia de los hombres, las mujeres nos vinculamos de manera horizontal. Desde pequeñas queremos ser parte de un grupo y no permitimos que nadie intente sobresalir o llamar la atención porque rompe con esa armonía (Tannen). Velamos unas por otras, desarrollando más nuestra empatía, el deber de colaboración, el sentido de comunidad. No nos cuesta renunciar a un poco de nuestra individualidad si eso nos lleva a tener más en común con el resto. Es así que aprendemos a ser humildes, a poner al otro primero. Por el contrario, si queremos rechazar a una mujer, la separamos, la aislamos y señalamos sus diferencias con el grupo.

Algunas de nosotras luchamos por defender nuestra identidad y serle fiel a lo que sentimos significa ser mujer

Frente a esta manera completamente distinta de ver el mundo, ¿realmente nuestra única opción de conseguir un trato más justo es abandonando nuestra identidad y exigiendo no solo que se nos trate igual que a los hombres, sino que se nos considere iguales a ellos, incluso en su manera de interpretar el mundo? Menospreciar lo que nos identifica como género, ¿no es acaso una manera de legitimizar la superioridad de lo masculino como visión del mundo?

Menospreciar lo que nos identifica como género, ¿no es una manera de legitimizar la superioridad de lo masculino?

Yo propongo un nuevo feminismo. Uno en el que podamos ser mujer y al mismo tiempo tener los mismos derechos que el hombre. Uno con el cual no solo exijamos que se nos permita usar pantalones y andar sin sostén, sino también usar falda y corsé si nos apetece, y aún así seamos apreciadas por lo que logramos y no por qué tan masculino era nuestro atuendo cuando lo logramos.

Que seamos apreciadas por lo que logramos y no por qué tan masculino era nuestro atuendo cuando lo logramos.

Quiero que todas las mujeres nos sintamos orgullosas tanto de ser líderes en la cima como de ser creadoras de vínculos en la base. Que no por ser recatadas, tímidas, delicadas, seamos consideradas menos capaces. Quisiera que exijamos nuestro derecho no de ser iguales, sino de ser valoradas igualmente. Para mí el siguiente gran paso del feminismo sería ver un anuncio que diga:

Estamos en la búsqueda de un líder empático a quien le guste apreciar y servir a sus colaboradores y que sepa crear vínculos de colaboración en nuestra organización.

Entonces sí puedo imaginar que muchas más mujeres estarían encantadas de romper ese cristal y, ¿por qué no?, unirse a las filas de un nuevo feminismo reivindicatorio de la femineidad.

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