Entre sus cabellos


Todo empezó un sábado, fue la primera vez que la vi, ella es una de esas personas que si entra en la periferia de tu vista no puede pasar desapercibida.

Es diferente a todas; su melena es un conjunto sin igual de rizos que parecen incontables, coloreados elegantemente con infinitas tonalidades que invitan a verla un poco más que al resto del mundo.

Desde el café más opaco, hasta el rosa más vivo que te puedas imaginar. Es increíble cómo sus rizos nacen obscuros, humildes, callados. Y mientras descienden elevan la voz. Viajan por amarillos soleados y se congelan en violetas glaciales que dan paso a los rosas gritones. Mechas despreocupadas, sin miedo a nada, ni a nadie.

Sus pequeños labios y su rasgos finos acompañan unos ojos explosivos, desde que la vi no hizo otra cosa que reclamar mi atención, no fue el típico crush; al notar su presencia me obligó sin saberlo a observarla un poco más, al analizarla no dejaba de pensar en algo: su cabello.

Pensé en el tiempo que llevaría siendo ajeno a su tono natural, en la horas que debio haber invertido para pintarlo tantas veces, en los halagos y las criticas que sólo pueden ser consecuencia de llevar una parte de ti tan visible y tan diferente. Mirar un cabello así indica que estas ante una mujer segura, segura de querer llevar el cabello color arcoiris, segura porque seguramente ha escuchado miles de comentarios desalentadores sin que lleguen a desalentarla, segura para desafiar cualquier cosa, para bien o para mal.

Segura porque si no fuera tan segura, tendría el cabello más obscuro y no me habría llevado a escribir todo esto.

La distancia no me impidio apreciar más detalle, la perdí de vista y no quedó más remedio que seguir.

A lo largo del día nos cruzamos unas cuantas veces, en cada una de ellas no perdí oportunidad de observar un poco más, cuando nuestras miradas se cruzaron por primera vez hice lo que cualquier persona debería hacer ante tan peculiar mujer, tensé el rostro buscando lucir mi mejor sonrisa, la respuesta fue inmejorable, respondió con una sonrisa tranquila, agradable, perfecta. Más de una vez se repitio la escena, cada ocasión mejor que la anterior. Igual que mi sonrisa. Igual que la suya.

Tras encontrar a alguien que te saca de tu zona, lo mejor y lo único que puedes hacer es buscar la oportunidad perfecta para conversar con ella.

Con un poco de suerte el destino puede ayudarte. Pero el último paso debes de darlo tú…

No recuerdo con certeza el momento justo en que ella se acercó, pero si recuerdo que entre más de 100 personas, ella estaba con aquellos 15 jóvenes que nos acompañarían a conocer el centro de la ciudad.

El destino sabía lo que haría. La empujo hasta atrás del grupo, como esperándonos. Caminaba a menos de un metro de mi, sin nadie que pudiera interponerse.

Estaba a un “Hola” de oir su voz, a un “¿Cómo te llamas?” de conocer el nombre de quien me atrapó entre sus cabellos.

Fernanda.